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. Dos fotografías y una pintura


-DESGLOSE del "Contenido completo" de estos estudios

“La cena del Señor”

Lección 10 (de 15)

Siete varones cristianos toman sus posiciones respectivas, preparándose
para repartir “el pan sin levadura” y “el fruto de la vid” a la congregación. Los
siete son “reyes y sacerdotes para Dios” (Apocalipsis 1:6) en virtud de integrar el
“real sacerdocio” (1 Pedro 2:9), cuyo único sumo sacerdote es Jesucristo, quien “fue
declarado por Dios sumo sacerdote según el Melquisedec”
(Hebreos 5:1-10), y no según
el orden de Leví. (Fotografía por Javier Castrodad, Bayamón, Puerto Rico)

Curso para cristianos que administran la mesa del Señor

Adaptable para la instrucción de la membresía en general

Orientaciones

     Las “Lecciones de 10 a 15” han sido preparadas especialmente para los siervos de Dios que administran “la mesa del Señor”. Ya que cubren numerosos asuntos prácticos y cuestiones doctrinales que afectan a todos los cristianos, los administradores de algunas congregaciones han tenido a bien adaptar estas seis “Lecciones” para la instrucción de toda la feligresía. Se abordan algunas enseñanzas traídas en las nueve “Lecciones” anteriores, pero con un enfoque distinto y ampliaciones que ensanchan el entendimiento. El formato de “Preguntas y respuestas” facilita, se supone, la presentación de estas materias en clases bíblicas. Si se copian electrónicamente los archivos de estas “Lecciones”, el “enlace electrónico” incorporado en cada pregunta del “Desglose de temas estudiados” le lleva directamente al punto tratado.

Desglose de temas estudiados en la “Lección 10”

1.  ¿Cuánta importancia tiene “la cena del Señor” ?

2.  En las reuniones que los cristianos llevamos a cabo cada domingo, ¿es más importante “la cena del Señor” que los demás actos efectuados, o son de igual importancia todos los actos?

3.  ¿Qué acciones o actitudes restan importancia a “la cena del Señor” ? Nueve identificadas.

4.  ¿ Cómo deberían comportarse los miembros de la iglesia durante la “la cena”?

a)  Con la mayor solemnidad y reverencia posible. Se identifican algunas distracciones inaceptables.

b)  ¿Por qué tanto silencio y disciplina durante “la cena”?

c)  ¿Es aceptable que toda la congregación cante algún himno durante la celebración de la “la cena”?

d)  Varias actitudes y procedimientos comunes nos llevan a concluir que el silencio es un vacío insoportable para no pocas personas, incluso para cierta categoría de cristianos.

e)  Pese a que todos los miembros de una congregación celebren “la cena” durante el mismo espacio de tiempo, fundamentalmente la participación de cada miembro es un acto muy personal y particular.

f)  ¿Incrementa la solemnidad y eficacia de “la cena” la lectura en voz alta de textos bíblicos durante la repartición del pan y la copa?

g)  Advertencia para todo varón que oficia “la cena del Señor”: ¡cuidado de establecer para sí mismo un patrón invariable!

 

Sosteniendo en sus manos los platos que contienen “el pan sin levadura”,
los administradores bendicen el pan, el cual es “la comunión del cuerpo de
Cristo”
(1 Corintios 10:16). Toda la congregación también lo bendice, diciendo
“Amén”. Esta conmemoración de la muerte del Señor Jesús en la cruz se realiza
con gran reverencia y solemnidad, “cada primer día de la semana” .  

1.  ¿Cuánta importancia tiene “la cena del Señor”?

a)  ¿Quién instituyó “la cena del Señor”? Nuestro amado Salvador Jesucristo la instituyó como fiesta solemne espiritual (1 Corintios 5:8) para la iglesia. Él es quien tiene, durante la Era Cristiana, “toda potestad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Incluso, Dios “le dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo…” (Efesios 1:22-23), y por ende, el Hijo cuenta con plena autoridad para establecer las ordenanzas de culto a seguirse en la iglesia. “La cena del Señor” figura entre ellas. Ya que él es quien instituyó “la cena”, lógicamente todo cristiano debería atribuirla muchísima importancia.

b)  “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19; 1 Corintios 11:24-25), instruyó Cristo a sus discípulos. “Haced” es verbo imperativo, y por lo tanto se trata de un mandamiento. “En memoria de mí” define el propósito. “En memoria” de todas las incomparables enseñanzas de Jesucristo, de sus admirables atributos, de su conducta ejemplar, y particularmente, de su rol como “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Tanto por el mandamiento como por el sublime propósito, “la cena del Señor” se reviste de importancia trascendental, siendo, efectivamente, la conmemoración divinamente instituida del sacrifico expiatorio del Hijo de Dios en la cruz del Calvario.

c)  Además, “la cena del Señor” es “la comunión de la sangre de Cristo ... la comunión del cuerpo de Cristo(1 Corintios 10:16). “Comunión” significa “participación". Así que, “la cena del Señor” es, específicamente, el acto singular que permite al cristiano participar “de la sangre de Cristo… del cuerpo de Cristo” . Este tipo de “comunión”, o participación, sencillamente no se logra mediante cualquier otro acto de adoración o la ejecución de otras acciones u obras espirituales mandadas en el Nuevo Testamento. Pesados en balanza estos hechos, la importancia de “la cena” aumenta aún más. El significado preciso de “comunión de la sangre de Cristo… comunión del cuerpo de Cristo” se determinó en las primeras “Lecciones” de esta serie.

d)  El cristiano que “coma… del pan, y beba de la copa” dignamente (1 Corintios 11:27-29) el primer día de cada semana, es decir, todos los domingos, granjea grandes bendiciones para su espíritu.

-Cada siete días, renueva formal y públicamente su compromiso de ser discípulo fiel del Señor. Haciéndolo con móviles netamente espirituales, su voluntad de seguir adelante en la carrera espiritual es fortificada continuamente.

- “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26). Al comer el cristiano el “pan” sin levadura y beber la “copa”, proclama, explica el apóstol Pablo, “la muerte del Señor” . Una vez más, anuncia a sus familiares y demás conocidos aún no obedientes al evangelio, que Cristo murió por ellos. Que el Señor sigue amando a todos, procurando la salvación de sus almas. Anuncia a todo el mundo que sigue teniendo fe en el poder santificador del sacrificio de Cristo. Y sigue anunciándoselo cada domingo al congregarse “para partir el pan” (Hechos 20:7). Estas acciones realizadas semana tras semana, año tras año, con sinceridad y cabal entendimiento, refuerzan constantemente su resolución de ser fiel al Señor hasta el fin.

-Sabiendo el cristiano que ha de ser hallado digno para evitar comer y beber “juicio… para sí” (1 Corintios 11:29), se esfuerza para vivir en santidad durante los seis días que anteceden el domingo. Esta disciplina moral y espiritual que impone “la cena del Señor” al adorador sensible y sincero también redunda en múltiples bendiciones.

No pretendemos desarrollar para esta lección una lista exhaustiva de las muchas bendiciones que recibe el cristiano al participar dignamente de “la cena” , sino apuntar solo algunas con el propósito de indicar que también contribuyen, todas ellas, enormemente a la importancia de esta fiesta solemne espiritual que Dios ha ordenado para su pueblo durante la presente Era Cristiana.

2.  En las reuniones que los cristianos llevamos a cabo cada domingo, ¿es más importante “la cena del Señor” que los demás actos efectuados, o son de igual importancia todos los actos?

a)  La opinión de muchos cristianos es que todos los actos son de igual importancia. Para ellos, el mensaje es tan importante como “la cena” , la ofrenda tan importante como el mensaje, la lectura de la Biblia tan importante como entonar cánticos espirituales, etcétera. Respetamos su opinión. Pensamos que esta cuestión no amerita discusiones largas o acaloradas. Lo verdaderamente importante es que siempre implementemos todos los actos de tal manera que Dios sea glorificado y la iglesia edificada.

b)  No obstante el parecer que acabamos de expresar, nuestra propia convicción es que “la cena del Señor” ocupó un lugar céntrico en el culto de las congregaciones del Siglo I. Consideremos:

(1)  Según las enseñanzas del apóstol Pablo en 1 Corintios 5:7-8; 10:16-22 y 11:17-34, la participación de “la cena del Señor” era el evento excelso que llevaba al cristiano a tener, plenamente, “la comunión de la sangre de Cristo… y la comunión del cuerpo de Cristo” . ¿Cuál otro acto de culto celebrado por la iglesia de aquel tiempo apostólico proporcionaba tan íntima y vital “comunión” en igual medida? ¿Cuál otra obra o actividad? Este elevado concepto de “la cena” armonizaba perfectamente con la amplia exposición hecha por Jesucristo durante su ministerio terrenal sobre la absoluta necesidad de “comer su carne y beber su sangre” a fin de tener “vida eterna” (Juan 6:25-59). “Yo soy el pan de vida” (6:48). “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre” (6:51). “De cierto, de cierto, os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:53-54). Con estas expresiones, el Señor anticipaba la institución, por él mismo, de “la cena del Señor” en la iglesia. Repetidas veces, él enfatiza la necesidad imprescindible de comer “su carne” y beber “su sangre”, pronunciando eternas bendiciones para el que lo hiciera, al igual que espantosas maldiciones para el que no lo hiciera. Dada la suprema importancia atribuida a “la cena” por Jesucristo en Juan 6:25-59, esperaríamos que las congregaciones establecidas bajo la supervisión del Espíritu Santo la diesen la misma importancia, y de hecho, los textos relevantes en el Nuevo Testamento evidencian que asimismo sucedió.

(2)  Según Hechos 2:42, desde el principio de la iglesia en el día de Pentecostés en Jerusalén, los cristianos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”. “El partimiento del pan” es sinónimo de la “cena del Señor”. “Perseveraban… en el partimiento del pan…” El verbo “perseveraban” indica repetición y constancia.

Perseverar. (Del lat. perseverāre). intr. Mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión. 2. Durar permanentemente o por largo tiempo.” (DRAE. Microsoft® Encarta® 2007. © 1993-2006 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.)

Aplicando esta definición, los cristianos en Jerusalén comenzaron a participar de “la cena del Señor”, manteniéndose “constante en la prosecución de lo comenzado”. Duraron “permanentemente” en la práctica, asentando ejemplo para los cristianos de toda la Era Cristiana, no importando el lugar o el siglo.

-Desde luego, lo mismo es aplicable a perseverar “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros… y en las oraciones” . Cada uno de los cuatro elementos nombrados en el versículo es absolutamente vital para la salvación. Los cuatro se complementan mutuamente, siendo interdependientes. Perseverar en la doctrina de los apóstoles, en la comunión con otros cristianos y en las oraciones, lo hace, pues, el cristiano fiel, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Partir el pan lo hace el primer día de cada semana, es decir, cada domingo, y esto lo comprobamos mediante el siguiente ejemplo de la iglesia en Troas.

La iglesia en Troas se reúne “el primer día de la semana para partir el pan” .
Se reunía en el aposento alto de un tercer piso. Cuando el apóstol Pablo y sus compañeros
visitan aquella congregación según el relato de Hechos 20:1-10, hacía aproximadamente
cinco años que aquella congregación conmemoraba la muerte del Señor
el primer día de cada semana.

www.ph.crossmap.com

(3)  Según Hechos 20:7, el propósito primordial de reunirse la iglesia primitiva el primer día de cada semana era precisamente comer el pan y tomar de la copa en memoria del sacrificio de Cristo . “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente.” “Para PARTIR el PAN.” El apóstol Pablo “se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén” (Hechos 20:16). Sin embargo, pese a su horario apretado, Pablo, llegando a la ciudad de Troas, se queda “siete días” (Hechos 20:6), esperando la reunión de la iglesia “el primer día de la semana”. ¿Y por qué se reunía la iglesia “el primer día de la semana” ? No precisamente para escuchar a Pablo, o a cualquier otro predicador, sino “para partir el pan”, es decir, celebrar “la cena del Señor”. Tanto el lenguaje como las circunstancias reveladas indican que la iglesia en Troas se reunía todos los domingos para “la cena” , siendo esta conmemoración la razón a priori de su convocación, y no algún sermón, conferencia o exposición sobre la Palabra, por importante que este tipo de intervención también fuese.

(4)  El dogma de la “misa católica romana” es, lamentablemente, una corrupción total de la auténtica y original “cena del Señor”. Con todo, el lugar céntrico que retiene la misa a través de los siglos en la liturgia católica romana evidencia la importancia que los creyentes, aun los más desviados en doctrina y práctica, han atribuido a “la cena del Señor” desde tiempos antiguos. ¿Nos atrevemos a darle menos importancia a la verdadera “cena del Señor”? En algunas catedrales y capillas católicas romanas, los sacerdotes celebran la misa todos los días. Al extremo contrario van algunas iglesias protestantes, celebrando “la cena del Señor” acaso una sola vez al año. Nosotros los cristianos comprometidos a seguir fielmente “la doctrina de Cristo” expuesta por los apóstoles en el Siglo I, la celebramos el primer día de cada semana, pero ¿damos, continuamente, a este acto conmemorativo divinamente instituido, domingo tras domingo, la importancia que merece?

3.  ¿Qué acciones o actitudes restan importancia a “la cena del Señor” ? A continuación, un listado  parcial:

a)  Convertir “la cena” un mero rito repetitivo, un ejercicio mecánico, y por ende, un acto carente de profundo significado y sentimientos vivos.  

b)  Celebrarla con la mayor rapidez posible, relegándola a plano secundario. En la reunión donde el mensaje precede “la cena”, sucede en algunas congregaciones que el predicador se extiende demasiado, tanto que la tendencia, o tentación, es de avanzar y celebrar “la cena” aceleradamente, en el intento de no sobrepasar el tiempo pautado para el culto. Programar “la cena” para el tiempo antes del mensaje puede que sea un remedio para este mal, pero tal formato también trae complicaciones en las congregaciones afligidas por otro mal, a saber, un número sustancial de miembros que llegan tarde.

c)  No prepararse adecuadamente el hermano designado para administrar “la cena” envía el siguiente mensaje a los congregantes: “La cena del Señor no tiene gran importancia para mí. No dedico mucho tiempo a prepararme para administrarla”. La congregación percibe su falta de preparación, hecho que la impacta negativamente.

d)  No instruir y adiestrar los maestros de la congregación adecuadamente  a la feligresía sobre cómo celebrar “la cena” de manera tal que Cristo sea ensalzado y cada miembro edificado en grado sumo.

e)  Celebrarla sin expresar pensamientos o citar textos que resalten su importancia.

f)  Celebrarla con sequedad, haciendo de ella un acto soso, frío, sin vida.  

g)  Referente a ella, decir siempre las mismas palabras o leer el mismo texto todos los domingos, sin variar. El fruto de semejantes prácticas es, a la larga, la creación de un ritualismo que adormece a la mente y enfría al corazón del adorador no totalmente maduro.

h)  Remover, literalmente, la mesa del Señor del lugar céntrico que le corresponde en el lugar de reunión.

i)  Los comentarios de no pocos cristianos indican que, para ellos, el “sermón” tiene muchísimo más importancia que “la cena del Señor”. Algunos rasgos típicos de este grupo son los siguientes:

(1)  Prestan más atención a la predicación que a “la cena”.

(2)  Tienden a ser más reverentes durante el mensaje que durante la celebración de “la cena”.

(3)  Para ellos, todo el culto gira en torno al mensajero y su mensaje. Los demás actos, incluso “la cena”, son secundarios.

(4)  Su conciencia no les reprende si pierden “la cena del Señor”, pero se sienten incómodos, hasta molestos, si no hay predicación o si la pierden por alguna razón ajena a su voluntad.

-Esta mentalidad dista bastante de ser la de cristiano maduro. Corregirla corresponde tanto a los que administran la congregación como a quienes predican u ofician la mesa del Señor. Recalcamos: los cristianos en Troas se reunían “para partir el pan”, y no con el fin principal de escuchar una predicación.

 

4.  ¿ Cómo deberían comportarse los miembros de la iglesia durante la “la cena”?

a)  Con la mayor solemnidad y reverencia posible. Entre las distracciones inaceptables mencionamos las siguientes:

-Comentarios en voz alta, conversaciones, su­surros, murmullos.

-Mover sillas o bancas.

-Levantarse y caminar por el salón.

-Conmociones de cualquier clase.

-Salir del salón, sin tener razón alguna de peso.

-Ir a tomar agua.

-Ir al sanitario, pudiendo aguantar hasta después de “la cena”.

-Jugar con niños.

-Entretenerse los niños con juguetes ruidosos.

-Caminar o correr los niños por los pasillos, o frente a la tarima.

-Juntarse niños en juegos o intercambios alborotosos.

-Gritar o llorar a toda boca cualquier niño.

b)  ¿Por qué tanto silencio y disciplina? Porque cada adorador ha de estar en plena y profunda “comunión” personal con el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir, es menester que discierna el significado y la tremenda importancia del sacrificio realizado por el Señor. “La copa de bendición... ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?”  “El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio como y bebe para sí” (1 Corintios 10:16; 11:29). Guardar silencio durante “la cena” es realmente imprescindible si nuestro anhelo y firme propósito es entrar en plena comunión, concentrándose completamente en los multifacéticos aspectos instructivos y edificantes de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Esto lo comprende la mente espiritual madura, pero no tan pronto o fácil la mente espiritualmente inmadura, por no apreciar aún cuán reverentes debemos ser durante “la cena”.

-Se desprende que no actúa sabiamente, o con “inteligencia espiritual”, el cristiano que disturba la comunión, concentración, meditación, devoción, de los miembros sentados en derredor suyo, hablándoles, haciéndoles preguntas, susurrando, cantando, aunque bajito, riéndose, jugando con sus hijos u otros niños, regañándolos en voz alta, haciendo gestos o movimientos que distraigan, etcétera, etcétera, etcétera.

c)  ¿Es aceptable que toda la congregación cante algún himno durante la celebración de “la cena”? Opinamos que no es apropiado hacerlo. Cantar por sí solo requiere un grado de concentración en las palabras y la melodía del himno o cántico espiritual entonado, a menos que cante uno mecánicamente, proceder que rinde nulo el acto. Igualmente, discernir dignamente el cuerpo y la sangre del Señor también requiere absoluta concentración. ¿Conviene dividir nuestra atención entre dos actos de culto? ¿Cantamos himnos mientras se trae la lectura de la Palabra? ¿Cantan algunos de la congregación durante la predicación? ¿Cantamos durante las oraciones? Negativo. Se presume que no lo haga ninguna congregación. ¿Con qué sentido, pues, o justificación, cantar himnos durante “la cena” ? En el aposento alto, Cristo y los apóstoles cantaron un himno después de la celebración de la primera “cena”, y no durante ella (Mateo 26:26-30). “Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.”

-Según el modelo de Cristo para “la cena” (Lucas 22:17-20), el que la administra ora, invocando bendiciones primero para el pan, luego, para la copa, dando gracias. Orar más de uno a la vez en voz alta, cantar un coro, o cantar todos los congregados durante “la cena”, son acciones pertenecientes a la categoría de innovaciones humanas.

d)  Varias actitudes y procedimientos comunes nos llevan a concluir que el “Silencio” es un vacío insoportable para no pocas personas, incluso para cierta categoría de cristianos. Estos tampoco soportan el silencio, ¡ni siquiera en la congregación durante “la cena del Señor”! Siempre quieren oír voces, música, cualquier sonido, aunque sea algún ruido discordante con la ocasión o el lugar donde se hallan. Para ellos, el silencio es incómodo, pesado, inquietante, aun amenazante. Se ponen nerviosos. El remedio que se les ocurre es ¡cantar un himno durante “la cena” para desvanecer al inquietante “Silencio”!

(1)  A estas almas todavía inmaduras, es menester enseñarlas, con delicadeza y paciencia, que el cristiano se conoce a sí mismo (2 Corintios 2:11), se examina y se prueba a sí mismo, se confronta a sí mismo, precisamente en los ratos de silencio y tranquilidad, los que le brindan la oportunidad, se supone, para forjar una comunión más íntima con su Creador y con el Hijo sacrificado en la cruz.

(2)  Para el cristiano maduro, el “Silencio” no es un vacío a llenarse lo antes posible con sonidos, sino un tiempo valiosísimo, demasiado escaso para la mayoría, propicio para la evaluación personal, la introspección, meditación y oración. “Silencio” ante el sacrificio de Cristo es señal de seriedad y reverencia. “Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora” (Apocalipsis 8:1). Así que, ¿es cosa extraña que también en la congregación haya ocasiones cuando una atmósfera de silencio sea la más apropiada?

e)  Pese a que todos los miembros de una congregación celebren “la cena” durante el mismo espacio de tiempo, fundamentalmente la participación de cada miembro es un acto muy personal y particular. Este aspecto es más importante que el de “acto colectivo”. “Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí (1 Corintios 11:28-29). Lo personal e individual de la acción se destacan mediante las frases “cada uno”, y “el que come y bebe”. Singular, y no plural. Por lo tanto, lo recomendable es conceder a cada miembro la oportunidad y el privilegio de concentrarse en “la cena” , sin ocupar su atención con himnos, lecturas bíblicas largas o extensos comentarios hechos durante la repartición del pan y la copa. La responsabilidad de crear un ambiente que proporcione tal oportunidad corresponde al hermano que administra la mesa del Señor. Pero, si el que preside “la cena” tampoco soporta el silencio, su fuerte inclinación será llenar el aire con su propia voz, lo cual obligaría al adorador a atenderle en vez de dedicar toda su mente y corazón a la contemplación personal del Cordero inmolado en la cruz, sepultado, resucitado, glorificado y coronado Rey del Reino espiritual de Dios.

f)  ¿Incrementa la solemnidad y eficacia de “la cena” la lectura en voz alta de textos bíblicos durante la repartición del pan y la copa? Tal vez para miembros cuya mente divague pronto, pues algunos adolecen del síndrome de la inatención. Otros lo consideran no del todo edificante por la razón de que la voz del lector compite con meditaciones personales. Recomendación del que escribe para el oficiante que determine leer una porción de la Biblia durante la repartición de “la cena”: leer solo dos o tres versículos, y que estos estén estrechamente relacionados con “la cena del Señor”. Leer pasajes no relacionados sería llevar la mente del adorador por tangentes que no resalten “la cena” y su propósito. No convienen largas lecturas hechas mientras los ayudantes entreguen el pan o la copa a los congregados, pues privan a los adoradores del silencio que muchos desearían aprovechar para sus propias meditaciones personales.

g)  Advertencia para todo varón que oficia la mesa del Señor: ¡cuidado de establecer para sí mismo algún patrón invariable! El mismo patrón seguido servilmente semana tras semana, mes tras mes, año tras año, se convierte en amo fuerte, incapaz de cambiar e  intolerante de cualquier cambio. Variar rompe ritos. ¿Siempre lee usted textos bíblicos o hace comentarios durante la repartición del pan y la copa? ¿Qué le impide cambiar de cuando en cuando su procedimiento? Por ejemplo, decir o leer todo cuanto quisiera antes de la repartición. Luego, guardar silencio durante la repartición. Librar al adorador de la necesidad de prestar, constantemente, atención a usted. Concederle la oportunidad de estar a solas con su Señor crucificado, de confrontarse a sí mismo en la cruz. Al fin y al cabo, la “comunión” que necesita el adorador sobre todo es con el cuerpo y la sangre del Señor. Durante la celebración de “la cena del Señor”, “comunión” con usted en su capacidad de “oficiante”, o comunión con los demás cristianos presentes, es secundaria, y esto es así no obstante el hecho de participar todos de “la cena” durante el mismo espacio de tiempo.

 

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