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LISTA del "Contenido completo" de estos estudios

 

“La cena del Señor”

Lección 11 (de 15)

¿Quiénes cualifican para oficiar “la mesa del Señor”, o asistir en
la distribución del pan y la copa? En esta congregación, ofician solo
varones. ¿Con qué razón se le prohíbe a la dama cristiana oficiar? ¿Por
qué no concederle por lo menos el privilegio de repartir los elementos de “la cena”?
(Fotografía por Javier Castrodad, Bayamón, Puerto Rico)

Curso para cristianos que administran la mesa del Señor

Adaptable para la instrucción de la membresía en general

Desglose de temas estudiados en la “Lección 11”

3.  ¿Quiénes cualifican para oficiar la mesa del Señor, o asistir en la distribución del pan y la copa?

-¿Damas que oficien la mesa del Señor?

-¿Damas que sirvan “la cena” a la congregación?

-¿Jóvenes o neófitos que presidan la mesa del Señor?

_____________________________________

 

3.  ¿Quiénes cualifican para oficiar la mesa del Señor?

Solo los varones cristianos fieles, y no los faltos de conocimiento, entendimiento o buen testimonio. Tampoco los que se congregan esporádicamente. Ni, lógicamente, tampoco quienes no tengan la habilidad de dirigirse a la congregación con soltura, gracia, dignidad y madurez.

¿Damas que oficien la mesa del Señor?

a)  ¿Cualifica para presidir la mesa del Señor una hermana de buen testimonio? Negativo. “Presidir”, “oficiar” o “administrar” implica, necesariamente, tomar autoridad o dominio. Por consiguiente, la dama cristiana que presidiera “la cena del Señor” estaría ejerciendo dominio sobre los varones cristianos presentes, acción censurada por el Espíritu Santo en 1 Timoteo 2:12. “No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”

-Algunos cristianos discrepan de esta conclusión, arguyendo que si los ancianos o administradores de la congregación autorizan a una hermana a presidir la mesa del Señor, ciertamente no estaría ella ejerciendo dominio sino acatando la voluntad de varones investidos de la autoridad para tomar decisiones. Respetuosamente, replicamos que los líderes de una congregación, ya sean ancianos (obispos) o administradores conforme a las directrices de 1 Corintios 16:15-16, no cuentan con la potestad de autorizar a una dama cristiana a “ejercer dominio sobre el hombre”. Su “autoridad” no comprende nulificar mandatos del Espíritu Santo. No se les autoriza ir sobre la autoridad de Dios. Así que, claramente estableciendo el Espíritu Santo que la mujer no ejerza “dominio sobre el hombre” por las dos razones dadas por él en 1 Timoteo 2:13-14, cualquier decisión en contra ha de tomarse como un atrevimiento descabellado de mentes no sumisas a la voluntad divina.

Damas presbiterianas administran y reparten
el pan sin levadura y la copa.

¿Damas que sirvan la Cena a la congregación?

b)  ¿Es aceptable que hermanas de buen testimonio sirvan “la cena del Señor” a la congregación, repartiendo el pan y el fruto de la vid, sin dirigirse verbalmente a los presentes? A primera vista, quizás esta acción parezca totalmente válida para las damas cualificadas. Estarían sirviendo, y no dominando a nadie. Sin embargo, el “factor sexo” surge natural e inevitablemente. Consabido es que al varón le seduce más su vista, cuando de la atracción sexual se trata, que a la mujer – diez veces más según algunos estudios al respecto. El varón presta más atención a la apariencia física de la mujer –su figura, facciones del rostro, cabello. En cambio, a la mujer le atrae no tanto lo físico del varón sino su forma de ser, por ejemplo, el trato tierno y respetuoso. A la luz de estas realidades innegables, visualicemos y analicemos lo que tiende a suceder cuando damas sirven “la cena del Señor” a la congregación.

(1)  De acuerdo con el número de miembros que componen una congregación, se levantan dos damas, cuatro, seis o más, caminan hacia el frente, se paran frente a toda la asamblea, toman en sus manos los platos de pan sin levadura, y luego de la oración se acercan a la feligresía, repartiéndoselo. Vuelven al frente y repiten los mismos movimientos en la repartición del fruto de la vid. Supongamos que los varones espiritualmente maduros de la congregación, como también las damas espiritualmente maduras, no prestaran atención alguna a ningún aspecto de las damas que sirven –su fisiología femenina, atuendo femenino, andar típico de mujer, peinado, adornos, perfume, maquillaje, etcétera. Pero, los varones menos maduros y los inconversos de visita, ¿tampoco prestarían atención alguna a ninguno de estos atributos femeninos? ¿No lo haría ningún adolescente, adulto joven o varón mayor de edad? ¿Siquiera involuntariamente? ¿Tampoco las damas cristianas menos maduras o las inconversas de visita? A estas consideraciones se replica que los presentes en la asamblea estarían viendo, de todos modos, a las damas congregadas, ya durante el culto, antes o después. Y claro, eso es así, pero no estarían viéndolas en el desempeño de algún ministerio formal en presencia de todos los congregados. Especial atención atrae la mujer que se presenta ante una asamblea. ¿Quién lo negará? Su caso es muy diferente al de la mujer que permanece entre los adoradores sin destacarse en algún rol ante el público.

(2)  Abundemos un poco más. Hoy, domingo, cuatro damas distribuyen “la cena” a la congregación. El próximo domingo, cuatro varones lo hacen. ¿Quién afirma que la reacción de los congregantes a las cuatro damas sea exactamente la misma que la reacción a los cuatro varones? No dudamos de que ciertas “atracciones o tensiones sexuales” palpiten en cualquier reunión de personas de ambos sexos, pero ¿con qué justificación proveer para su intensificación en la asamblea de los santos? ¿No sería más sabio procurar su disminución?

-En contra de estas observaciones se plantea que no debiera haber ninguna reacción carnal de los congregantes a los que ministran frente a la congregación. Desde luego, esto sería lo ideal. Pero, este “ideal” lo percibo como irreal e inalcanzable mientras estemos en cuerpos de carne y sangre. Eliminar totalmente todo sentimiento, emoción o reacción carnal relacionada a la presencia y los movimientos de otros seres humanos que ocupan cuerpos carnales, ¿cuántas personas son capaces de lograrlo?

(3)  Se multiplican las objeciones a la línea de argumentación que estamos presentando. Nos dicen que nunca cruzaría por la mente de los espirituales ni el más fugaz pensamiento de índole carnal, aunque caminara frente a la congregación, sirviendo “la cena del Señor” una hermana de hermosa cara y figura, cuya vestimenta resaltara sus dotes físicas. Quizás no. Con todo, ¿cuántos varones, por muy santos que fueran, la mirarían como si fuera un banco, un púlpito o cualquier otro objeto inanimado? Y no solo los varones, pues ¿cuántas del sexo femenino la mirarían de la misma manera? A lo cual se objeta: “¡Qué nadie se fije en los que sirven, sean damas o sean varones! ¡Qué miren al piso o al techo!” Y siguen las porfías.

(a)  Pero, ¿por qué esta insistencia obstinada? ¿No tienen las damas suficientes ministerios espirituales? Conforme a mi entendimiento del Nuevo Testamento, ¡tienen demás! Tantos que jamás pueden cumplir a cabalidad todos los que les corresponden bíblicamente. ¿Por qué, pues, el empeño de asignarles ministerios dudosos o controversiales? ¿Acaso para implementar también en la iglesia del Señor la “agenda feminista” tan popular y poderosa en muchas culturas de actualidad? ¿O por qué sea “políticamente correcto” incluir a damas en la administración de la iglesia y su adoración? Nos parece no equivocarnos al observar que cristianos decididos a introducir y mantener innovaciones a como dé lugar, pese a consecuencias indeseables, están impulsados por motivaciones no puramente bíblicas o espirituales.

(b)  ¿Por qué presionan algunas damas para que se les dé participación en la repartición de “la cena del Señor”? ¿Acaso para sentirse útiles? ¿Llenar algún vacío en su alma? Un vacío creado porque no hacen en la iglesia lo que pueden y deberían hacer legítimamente. En nuestra hermandad existe una anomalía curiosa y realmente preocupante, a saber, mujeres cristianas maduras, en términos de años de edad, casadas y con hijos, que no quieren enseñar, o no se atreven a enseñar, a las mujeres jóvenes de acuerdo con el mandato de Tito 2:2-4. Pero algunas de esta categoría importunan con pertinacia para que los administradores las pongan a desempeñar algún ministerio frente a la congregación. No podemos menos que cuestionar su madurez espiritual y poner en tela de juicio sus motivaciones.

-En lo concerniente a “enseñar las damas maduras a las mujeres jóvenes”, frecuentemente ocurre todo lo contrario. Es decir, las mujeres jóvenes se sobreponen a las ancianas, influyendo fuertemente en ellas y dominándolas, así tomando, efectivamente, el liderato entre las mujeres de la congregación, y aun entre varones dispuestos a doblegarse ante su agresividad. Las jóvenes poco espirituales o sabias hasta desprecian a las ancianas, teniéndolas por anticuadas o ignorantes. Estas ceden sus derechos y responsabilidades a las damas jóvenes sobresalientes por su preparación académica, dinamismo y carisma, acontecimiento que acarrea numerosos peligros no solo para la iglesia sino también para el hogar y la sociedad en general.

(4)  Se complica todo este asunto todavía más. Al recibir las damas permiso para repartir los elementos de “la cena del Señor”, surge la problemática de las modas, el maquillaje, los adornos y los peinados. ¿Permitiremos que sirvan “la cena” hermanas que usan pantalones ceñidos al cuerpo, faldas cortitas, escotes bajitos o cualquier otra prenda sexualmente sugestiva? ¿Autorizaremos que la sirvan las que tienen el pelo recortado a estilo de varón, lucen muchas joyas o se embarran de maquillaje? ¿Quién asentará las directrices para la selección de las damas tenidas por aptas de servir?

(5)  Evaluando todas estas consideraciones, mi apreciación personal es que autorizar a damas a repartir “la cena del Señor” es dar al adversario “ocasión de maledicencia” y provocar, sin justificación alguna, controversias contraproducentes. Peor aún, divisiones. ¿Dividir a una iglesia del Señor en el empeño terco de implementar procedimientos humanos o complacer a ciertos miembros? ¡Inconcebible! ¡Ay de aquellos que lo hagan!

¿Jóvenes o neófitos que presidan la mesa del Señor?

c)  Para el ministerio de presidir la mesa del Señor, ¿cualifican los jóvenes bautizados o neófitos de buen testimonio?

-Encargar a varones adolescentes o a neófitos en la fe la adminis­tración de la mesa del Señor es un proceder altamente cuestionable. Con muy raras excepciones, difícilmente reúne el joven o el neófito los atributos espirituales necesarios para oficiar “la cena del Señor” con seriedad, solemnidad y gran reverencia, impartiéndola el profundo significado que merece. Esto se debe en parte a que aún no bruñe su testimonio por haber sido puesto a prueba una y otra vez, con éxito, a través de varios años.

¿Jóvenes o neófitos que distribuyan el pan y la copa?

d)  ¿Es aceptable que varones jóvenes o neófitos en la fe repartan el pan y la copa? Positivo, con tal de ser ellos fieles en la asistencia, de testimonio intachable y de porte serio en la adoración, como también en todo lo concerniente a obras de la iglesia y la vida espiritual en el Señor.

e)  ¿Es aceptable que varones jóvenes o neófitos en la fe dirijan oraciones, dando gracias por el pan y el fruto de la vid? Aplica lo mismo asentado en la anterior partida “d)” para la distribución del pan y la copa.

 

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