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“La iglesia primitiva y otras iglesias”

Por Samuel Vila

De su libro
“A las fuentes del cristianismo”
T.S.E.L.F.
P.O. Box 6094
Grand Rapids, Michigan 49506

     “Es cierto que Cristo estableció su Iglesia sobre el fundamento de los apóstoles, pero tienes que llegar a darte cuenta –si no te la estás dando ya a medida que lees el Nuevo Testamento- que aquélla no era la Iglesia Romana, sino una Iglesia muy diferente de ésta, en muchos sentidos y aspectos.

     Aquella Iglesia Apostólica podía llevar con razón el título de Católica o Universal, porque agrupó en sus principios a todos los verdaderos cristianos, pero tras una enconada disputa acerca de la supremacía de los obispos, se formaron diversas ramas del cristianismo, agrupándose unas iglesias alrededor del obispo de Roma; otras, alrededor del patriarca de Constantinopla, y otras quedaron independientes de  una y otra jurisdicción.

     Hacer depender la salvación del alma de la adhesión personal a una u otra de estas ramas es el colmo del partidismo y del absurdo. No hay ni una palabra de Cristo que autorice semejante principio. La salvación y perdición del alma, en el Evangelio, se hace depender, no de la adhesión exterior a una iglesia, que nada cuesta, sino de la doctrina que domina la conciencia y la vida.

     Cualquier desviación de las enseñanzas recibidas por revelación divina es un pecado grave, del que no sólo las autoridades religiosas, sino cada creyente, somos responsables, desde el momento que nos percatamos de ello.

     Por esto, la unidad de la Iglesia es y será imposible en tanto exista alguna desviación de las doctrinas de Cristo; pues el cristiano sincero sacrifica todos los reparos de conveniencia y de tradición ante la pureza de la fe.”

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Nota de Homero S. de Álamo. Leo numerosas afirmaciones precisas y claras en este trozo por el escritor Samuel Vila. Aquella iglesia que “ agrupó en sus principios a todos los verdaderos cristianos” existe en el día de hoy, y el Señor Jesucristo sigue añadiendo “cada día a la iglesia los que han de ser salvos” (Hechos 2:47), esto es, a los que confiesan su fe en el Cristo resucitado, se arrepienten y son bautizados “para perdón de los pecados”   (Hechos 2:38-42), exactamente como en Pentecostés, el natalicio de la iglesia que Cristo fundó en cumplimiento de su promesa (Mateo 16:18), y que “ganó con su propia sangre” (Hechos 20:28).

 

 
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