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Muchos documentos, reportajes e intercambios en esta Web relacionados con el catolicismo romano

Virgen del Rosario del Pozo, de Puerto Rico. Mensaje 1.

Virgen del Rosario del Pozo, de Puerto Rico. Mensaje 2.

Salid de ella, pueblo mío, exhorta Dios. Salid de Babilonia la Grande.

Enlaces entre la Virgen de Rosario del Pozo, diosas madres de distintas religiones y la gran ramera-gran ciudad de Apocalipsis 17

"Yo soy CATÓLICO", me dice usted.
Respondo: "¿Por qué es usted católico romano?"

     

No pocos vecinos, amigos y desconocidos me lo han dicho, o me lo han dejado saber por medio de letreros en sus casas, o calcomanías en sus vehículos.“Yo soy católico.” “Yo soy católica.”  Tres palabras, nada más. Algunos católicos las pronuncian con una sonrisa amable. Otros, con bastante seriedad. Todavía otros, con cierto tono de severidad. Y unos pocos, aun con hostilidad. Tres palabras, pronunciadas, casi siempre, sin explicación alguna.

“Yo soy católico.” “Yo soy católica.” No dudamos que muchos católicos, al hacer esta declaración, sienten profunda convicción. Entendemos que se trata de católicos practicantes. Comulgan cada semana. Confiesan con regularidad. Practican, asidua y celosamente, las tradiciones tales como recitar el rosario, persignarse, invocar a los santos y guardar Semana Santa. Reverencian a sus sacerdotes, obispos, arzobispos, cardenales y, con especial atención, al Papa. Es evidente que aman incondicionalmente a su iglesia. De entender perfectamente sus sacramentos y demás dogmas, y poder exponerlos y defenderlos, ¿por qué no hacerlo? Quizás lograran convertir a más almas a su fe católica. Conforme a nuestra experiencia, con raras excepciones, no lo intentan. Suelen decir, sencillamente, “Yo soy católico”, como si estas tres palabras lo definieran todo en términos de fe e iglesia, poniendo un fin sonante al diálogo, silenciando, de una vez, toda oposición, toda duda e inquietud. Pero, la afirmación desnuda, “Soy católico”, no satisface a la persona no católica que también se preocupa por su propia salvación, deseando poseer la verdad de Dios y pertenecer a la iglesia verdadera.

No ponemos en tela de juicio la sinceridad de los católicos practicantes. Pero, la sinceridad de los demás católicos hay por qué sospecharla, como también su entendimiento y convicción. Al parecer, estos, los no practicantes, componen el grueso de la feligresía de la Iglesia Católica Romana. Rara vez van a misa, quizás nunca. Sin embargo, también exclaman: “Yo soy católico”. Recibieron el bautismo de su iglesia y, tal vez, la primera comunión, pero no viven la fe católica. Muchos de los católicos de esta categoría dan la fuerte impresión de no ser ni siquiera religiosos. Observándolos, deducimos que sus verdaderos dioses son el dinero, el sexo, la botella, los juegos y las fiestas. En su lengua, “Soy católico” es mero subterfugio, un camuflaje para su crasa mundanalidad, pues, en realidad, el verdadero sentido de sus palabras es: “No me moleste con religión. ¡Váyase! A mí no me interesan esos temas de fe, iglesia, Biblia, cielo o infierno. No quiero hablar de religión”. Así sucede que desacreditan a la iglesia a la que aseguran pertenecer. Desde luego, el mismo pecado lo comete todo religioso hipócrita.

   

Respetado lector, de ser usted católico de convicción, habiendo dicho “Soy católico”, ¿qué más puede añadir? ¿Abrirá un poquito más la puerta de su corazón para explicarnos por qué es católico? Este servidor tiene curiosidad. De veras, me interesa escucharle.

 

¿Católico por herencia religioso, social y cultural?

¿Acaso, es usted católico simple, llama y únicamente porque nació de padres católicos? ¿Por qué el catolicismo romano es su herencia familiar, social y cultural? Alguna vez, ¿se ha formado en su mente la siguiente interrogante? “Y mis padres, ¿por qué son [o eran, de haber fallecidos] católicos? ¿Solo en virtud de haber nacido ellos también de padres católicos?” Tenga la bondad de permitirme una observación quizás un tanto lastimosa para su alma: de ser usted católico fundamentalmente porque nació de padres católicos, entonces ¿no sería cierto que su fe se debe más bien a un accidente de nacimiento que a estudios y conocimientos personales? ¿No sería igualmente cierto que su fe le fue transmitida mediante tradiciones familiares, como también culturales, y que es suya por herencia religiosa? Es suya, pero no por medio de sus propios estudios personales e imparciales sino por meras tradiciones de familia y patrimonios culturales. Usted la recibió en herencia, como si fuera un tesoro de gran valor, pero ¿ha examinado su autenticidad y valor real? No todo lo que brilla es oro.

¿Católico o musulmán por puro accidente de nacimiento?

Indiscutiblemente, entre los religiosos del mundo, hay centenares de millones que, por puro accidente de nacimiento, son mahometanos, hindúes, budistas, espiritistas, animistas, evangélicos, pentecostales o protestantes. ¡O católicos romanos! ¿Es cierta esta observación, o no? Por otro lado, nace un niño en Arabia Saudita de padres musulmanes. Desde su infancia, absorbe la cultura y religión de sus padres, siendo la religión mahometana un elemento integral de la cultura árabe, entrelazadas la religión, la cultura y aun la política al extremo de ser inseparables. Nunca cuestiona la fe de sus padres. Siempre será musulmán, quizás fanático de su fe. Por otro lado, nace un niño, bien sea en España, Perú, México o Argentina, de padres católicos. También absorbe, como una esponja, la fe de sus padres. Crece, sin cuestionarla. Su religión católica está igualmente entrelazada, inextricablemente, con la cultura, la economía, el sistema educativo y aun con la política de su país. Así que, la gran probabilidad es que siempre sea católico, quizás fanático de su fe, sin jamás haberla examinado objetivamente, sin saber su origen o historia, sin verificar su autenticidad espiritual o su valor real ante Dios. Siempre será “católico de tradición y herencia”. No podrá ser “católico de convicción personal” hasta no haber sometido su fe a pruebas independientes y exhaustivas. ¿Encuentra usted acertado e instructivo este paralelo entre el niño musulmán y el niño católico?

“La única fe verdadera es la católica.”

Premisa que requiere, tal cual toda premisa, evidencias concluyentes que la sostengan.

Ciertamente, el caso del niño musulmán descubre el peligro de confiar en la fe heredada de los padres. ¿Tiene sentido o lógica heredar la fe como se hereda un nombre, dinero, terreno o negocio? “Yo soy de apellido Rodríguez porque mi padre es [o era] de apellido Rodríguez, y soy su heredero.” ¡Claro!, porque se trata de genealogías y de herencias terrenales. “Yo soy católico porque mis padres lo son [o lo eran]; porque mis abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y demás generaciones pasadas eran católicos. Por consiguiente, soy heredero de la fe verdadera y de la vida eterna.” Esta lógica, este argumento, esta conclusión, está basada en la siguiente premisa: que la única fe verdadera es la católica, premisa tenida por sólida e irrefutable, premisa creída ciegamente por la gran mayoría de los católicos. Pero, premisa que requiere, tal cual toda premisa, evidencias concluyentes que la sostengan. ¿Conoce usted las evidencias? ¿Me las puede presentar? ¿Resisten el escrutinio objetivo? Premisa transmitida de una generación de católicos a la que le sigue, y así, sucesivamente, de generación en generación, sin que casi nadie intente verificarla. 

¿De qué simiente espiritual nació usted?

Este servidor encuentra la genealogía espiritual, según las revelaciones de Dios, muy distinta a la genealogía religiosa heredada en la tierra. Usted dice: “Yo soy católico”. ¿De qué simiente espiritual nació usted para que sea católico? De la que sus antepasados implantaron en su alma. ¿Correcto? Pero, ¿cómo sabrá, a ciencia cierta, que se trata de la “simiente incorruptible” de Dios si no está dispuesto a examinarla nunca? Considere, se lo suplico, mi propia genealogía espiritual: “Yo soy cristiano” (Hechos 11:26), y por lo tanto, hijo de Dios (Romanos 8:14-17), en virtud de haber renacido de “simiente incorruptible ... por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). Usted está en la libertad de someter a toda suerte de prueba la simiente de la cual afirmo haber renacido. No temo; es más, deseo que lo haga. Esta simiente yo la recibí, yo mismo, en mi mente y mi corazón, teniendo la capacidad intelectual para examinarla, entenderla y recibirla en obediencia yo mismo. Por mi propia voluntad soy producto de esta simiente. En cambio, de acuerdo con su propia confesión, usted, de ser católico, es producto de una simiente religiosa, la católica, recibida en herencia de sus progenitores y antepasados, ¿cierto?Vuelvo a preguntar, rogándole que perdone la insistencia: ¿por qué es usted católico? ¿Por haberse cerciorado, usted mismo, de la autenticidad divina de las doctrinas tenidas por verídicas en el seno del catolicismo romano? ¿Sabe usted definir y defender, de manera convincente, la sucesión apostólica, la misa, la transubstanciación, la confesión auricular, el purgatorio, el bautismo de infantes por aspersión, la veneración a los santos, la concepción inmaculada, la extremaunción, la infalibilidad del Papa, como también los demás sacramentos y dogmas de su iglesia? ¿Cuándo empezó su iglesia, dónde y cómo? Tal vez esté pensando: “Bueno, saber los datos específicos acerca del origen de mi iglesia, como también definir y defender sus sacramentos y dogmas, a mi no me toca, sino que es deber o tarea que atañe a los teólogos y sacerdotes”. ¿Se quiere decir que acepta usted, implícita e incondicionalmente, la palabra de los teólogos y maestros católicos? ¿Nunca ha tomado usted ningún paso para verificar sus enseñanzas? ¿Jamás las ha cuestionado usted? De ser así, entonces tendrá lugar otra observación bastante obvia, a saber: es del todo evidente que su fe católica está apoyada en lo que le han dicho, y no en lo que usted haya investigado y comprobado por su cuenta y bajo su propia potestad personal. ¿Tiene usted razón justificable para confiar plenamente en semejante clase de fe, el valor de la cual depende enteramente de la preparación correcta, el entendimiento recto y la honestidad intelectual de seres mortales semejantes a usted mismo? ¿Abraza, a ciegas, la fe de otros seres humanos, haciéndola suya sin probarla? Es suya, pero, en realidad, puede afirmarse que no es suya, pues proviene de mentes ajenas, recibiéndola usted a la manera de inyecciones repetidas. Recibiéndola usted cuando niño, no teniendo la capacidad intelectual o espiritual para evaluarla; es más, ¡no contando siquiera con la libertad de recibirla o rechazarla! ¿Tengo razón, o no?

Pusieron el “Plato del Catolicismo” delante de usted, mandándolo a comérselo. Considero posible, aun probable, que se lo comiera con gran gusto, tal vez en parte porque no se le ofreciera más nada. O, quizás porque se trata de un plato algo exótico, de muchos sabores gratos a la carne y de colores que llenan los ojos materiales (procesiones excitantes, liturgia colorida, imágenes de hechura realista con vestimentas preciosas, catedrales o capillas de arquitectura fina, mobiliarios de confección exquisita, aun enchapados de oro y plata, fiestas patronales, oficiales ataviados de vestimentas hermosas, luciendo joyas carísimas algunos de ellos, aun coronas de piedras preciosas). Dadas estas circunstancias, se deduce que usted carece de una fe propiamente suya, genuina y personal. ¿Así lo quiere usted? El apóstol Pablo enfoca claramente el meollo del asunto: la verdadera fe, la que salva, es la que “viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). ¿Se fija? Por oír usted mismo; por oír con entendimiento usted mismo. La fe que salva no viene por herencia religiosa terrenal, sino “por oír... la palabra de Dios”No viene por inyección, transfusión u osmosis religiosa-cultural, sino “por oír... la palabra de Dios”. No viene mediante recibir, durante la niñez, las tradiciones religiosas transmitidas de generación en generación, sino“por oír... la palabra de Dios”. “La palabra de Dios” no es sinónima de las “tradiciones orales de la madre iglesia”. Tampoco abarca los edictos de concilios ecuménicos o los pronunciamientos de los Papas. Se limita a las Sagradas Escrituras, más allá de las que no debemos ir, advierte el Espíritu de Dios en 1 Corintios 4:6. “Para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito.”

“Somos católicos. No aceptamos la propaganda de ninguna otra iglesia.”

¿Confianza incuestionable en su fe y religión, o inseguridad?

“Yo soy católico.” ¡Tres palabras pronunciadas con seguridad impresionante! ¿Me podría usted descifrar lo que es un enigma para mí? Si el católico promedio se siente tan seguro de su fe y su iglesia, ¿por qué no abre la puerta de su casa, y la de su corazón, gustosamente explicándonos su creencia y respondiendo pacientemente a nuestras inquietudes, dudas o planteamientos? “Somos católicos. No aceptamos propaganda de ninguna otra iglesia.” ¿Por qué semejante aviso? Tocamos la puerta de una familia católica romana típica, nos identificamos, explicando el propósito de nuestra visita (ofrecer estudios bíblicos en el hogar, invitar a nuestra congregación, entregar, gratuitamente, mensajes espirituales impresos) y enseguida, ¡el rechazo abrupto, aun violento! Puerta cerrada; quizás tirada. ¿Por qué despreciar la oportunidad de compartir con otras almas la fe católica? Lejos de comunicar la impresión de tranquila y confiada seguridad, este tipo de reacción lo que transmite es, perdone la franqueza, inseguridad, falta de preparación, falta de conocimiento, temor al diálogo sobre los temas más importantes de la vida, mente con prejuicios, fanatismo religioso, aun falta de modales, de civilidad, quizás influyendo también elementos de orgullo religioso, social y cultural. O, ¿acaso se obedece el mandato del párroco? “Los sacerdotes somos los únicos que sabemos enseñar la Biblia. No escuche a nadie más. No admita en su casa a ningún portavoz espiritual que no sea católico.”  

El Catolicismo Romano, ¿un castillo medieval herméticamente sellado?  

Pues bien, usted es católico, y el párroco ha emitido su grave advertencia, apelando, sin duda, a la autoridad de la jerarquía católica y la supuesta infalibilidad de su iglesia, amenazando con excomulgación a todo aquel que no obedezca. Enseñorearse totalmente de su alma es lo que pretende, para que sea usted católico hasta la muerte. Que nunca se exponga usted a ninguna idea, creencia, influencia espiritual o religiosa que no sea católica romana. Que quede usted aislado del resto del mundo religioso. Que sea usted prisionero, siempre limitado estrictamente a los confines del establecimiento católico, nunca mirando para afuera. ¿Qué cosa, pues, es el Catolicismo Romano? ¿A qué lo compararemos? ¿Acaso a un castillo medieval con todos los portones y ventanas sellados herméticamente? Sin embargo, a usted Dios le concede, como a todo ser humano, potestad sobre su propia alma, libre albedrío e inteligencia, responsabilizándole a usted por sus propias decisiones y ejecuciones. De renunciar usted todos estos poderes grandiosos, entregándoselos al sacerdote, pienso que afrente usted a Dios mismo quien los da a usted, y no dando a una tercera los que pertenecen solo a usted. Por cierto, la imperiosa reclamación que el sacerdote hace sobre el alma de usted contradice la directriz inspirada comunicada por el apóstol Pedro a todo obispo, a saber: “Apacentad la grey de Dios... cuidando de ella, no por fuerza... no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3). ¿No enseña el sacerdote que él tiene señorío sobre el alma de usted, desde la cuna hasta el lecho de la muerte, y aun después de la muerte? 

Para usted este servidor es una persona desconocida. Respetuosamente, me acerco a usted con el propósito único de compartir un mensaje espiritual. ¿Por qué recibirme usted, y escucharme un momentito? Pues, amado, porque el Espíritu Santo le aconseja que lo haga. Exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno”. También porque soy ser humano dotado, como lo está usted, de poderes intelectuales, capaz, como lo es usted, de aprender la Verdad de Dios, al igual que el cura, el arzobispo o el Papa, y comunicársela a otras almas que se interesen por su salvación. Merezco ser tratado cortésmente. Al fin y al cabo, la autenticidad o la falsedad de la información que traigo es totalmente verificable. Si resulta falsa a la luz de las Sagradas Escrituras, es su deber corregirme y así ayudarme a salvar mi alma. Por otro lado, de encontrarse genuina, su deber es recibirla con gozo, obedeciéndola para su propia salvación. ¿Qué tiene que perder?

¿Intelectualmente inferior al cura?

¿No tiene usted la libertad, es más, el derecho inalienable, de oír y escudriñar lo que le presente este servidor? ¿Oirá solo a los oficiales de su iglesia? ¿Se considera usted mentalmente inferior a ellos? ¿Son ellos, para usted, superiores a todo ser humano, aun infalibles? ¡Vamos! ¿No somos todos los seres humanos normales dotados de suficiente capacidad intelectual para entender lo necesario para la salvación de nuestra alma? ¿Ha depositado Dios toda su Verdad celestial, toda “inteligencia espiritual”, toda sabiduría divina solo en la elite sacerdotal católica romana? ¿Me priva Dios del poder intelectual para entender su mensaje, reservando tal poder solo para el sacerdote? ¡Negativo! De modo alguno. Al contrario, “Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). ¿Al “conocimiento” según las interpretaciones sacerdotales, o al “conocimiento” según los apóstoles? Personalmente, prefiero las palabras inspiradas de los apóstoles. ¿Y, usted?

Pero, seguramente, algún católico replicaría: “Los sacerdotes estudian teología largos años, y solo ellos pueden interpretar la Biblia”. Bueno, estudian los dogmas de los concilios ecuménicos, los escritos de los “padres de la iglesia” (frase no encontrada en los libros apostólicos), las innumerables tradiciones eclesiásticas, infinidad de ritos y ceremonias, pero ¿cuánto tiempo dedican, en realidad, a escudriñar exhaustivamente la Biblia? ¿Que sean ellos los únicos capacitados para interpretar la Biblia? Hagamos una sencilla prueba. A que usted mismo puede entender e interpretar la Biblia mejor que ellos. He aquí la prueba. El apóstol Pablo, lleno del Espíritu de Dios, escribió las siguientes palabras: “Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer... que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)” (1 Timoteo 3:1-5). Una pregunta para usted basada en este texto. Según estas instrucciones divinas, ¿deben ser casados los obispos de la iglesia? Una sola respuesta es la bíblica, la correcta. ¿La discierne usted? ¿Cómo dice Pablo por el Espíritu? “Es necesario” que sean casados. Pues, amado, ¡el asunto no es opcional! Definitivamente, el obispo constituido conforme a las directrices de Dios ha de ser casado, y punto. Usted lo entiende; este servidor lo entiende. ¿Por qué no lo entiende el cura? Fácil: su intelecto ha sido programado por sus muchos estudios teológicos, conforme a los cuales su “madre iglesia católica romana”, entiéndase la jerarquía católica romana, cuenta con la autoridad para cambiar los mandamientos del Espíritu Santo. ¡Gran mentira! ¡Grandísimo engaño! Ninguno tiene tal autoridad. ¡Nadie! ¡Ningún ser humano! Sin embargo, con increíble temeridad, ¡cambiaron el mandamiento! Impusieron el celibato obligatorio para sus obispos. ¿Y las consecuencias? Usted las conoce, ¿verdad? Casi todos los sacerdotes “celibatos” están acusados de adulterio, abuso de menores o homosexualismo.

Considere, se lo suplicamos: al aceptar usted lo que le enseñan los oficiales de su iglesia, sin jamás cuestionar, comparar o verificar su mensaje por medio de estudios imparciales, entonces ¿no es verdad que usted opta, voluntaria y deliberadamente, por prescindir del uso de sus facultades intelectuales propias precisamente en el ámbito más importante de la vida, a saber, el espiritual? Haciéndolo, y entregando su alma incondicionalmente al cuidado de seres mortales y falibles, ¿honra usted a sí mismo como ser inteligente, creado a imagen de Dios, y responsable, individual y personalmente, delante de él, por sus propias decisiones y acciones? Amigo católico, amiga, no es herejía escuchar a los mensajeros de otras iglesias, sino deber impuesto por el Espíritu Santo. Reiteramos: “Escudriñadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). ¿Por qué ha de ser el católico una excepción? Entre todos los seres humanos, ¿será el católico el único privado del derecho de escudriñarlo todo?  

Para toda persona pensante, librada de prejuicios inculcados durante la infancia, o aprendidos durante la adolescencia y la adultez, librada de todo prejuicio racial, cultural y religioso, hay una verdad universal, a saber: al hombre se le ofrece más de una alternativa para todo lo que tiene importancia espiritual y moral en esta vida. Escoger es su prerrogativa y su deber; ejercer el libre albedrío es su derecho innegable. En el ámbito moral, espiritual y religioso, el budismo no es la única alternativa. Tampoco lo es el cristianismo. Tampoco el protestantismo o el pentecostalismo. Y desde luego, tampoco el catolicismo romano. La religión católica es, sencillamente, una de las muchas alternativas que puede confrontar y considerar el ser humano en su búsqueda del camino correcto. Ser, o no ser, el catolicismo romano aquel camino correcto no depende de pronunciamientos unilaterales de unos eclesiásticos poderosos y teólogos de renombre sino de evidencias verificables que todo ser humano debería poder auscultar libre y plenamente.

¿Distorsionado, desde muy temprana edad, su concepto del mundo religioso?

 

Al niño, como ser humano en miniatura, como alma en desarrollo, se le hace una gran injusticia cuando sus tutores religiosos, sean de la fe que sean, lo llenan de prejuicios, diciéndole infinidad de veces, a lo mejor con fiero y malicioso celo sectario: “¡La fe nuestra es la única! No prestes oído a nadie sino a nosotros. Pecarás si te atreves a hacerlo. Mira que los demás religiosos son unos ignorantes y herejes perversos”Al criarse en semejante ambiente, ingenuamente creyendo todo lo que le inculcan, el niño sufre, sin darse cuenta, lesiones en su mente y espíritu, lesiones que se vuelven masas endurecidas, como calcificadas, que impiden el libre flujo de ideas y el funcionamiento, sin trabas, de la maquinaria de la lógica. Distorsionado, desde muy temprana edad, su concepto del mundo religioso, ¿cómo podrá ver y apreciar las distintas alternativas disponibles? Privado de conocimientos esenciales, trabada su voluntad, encadenado el hombre fuerte que lo debiera ser su libre albedrío, ¿cómo podrá jamás tomar decisiones personales e inteligentes, determinando él mismo lo correcto ante Dios? En tal caso, ¡otras personas ya tomaron las decisiones por él! Desde niño, le quitaron sus derechos. Se adueñaron de su mente y conciencia, encarcelando a su espíritu tras las rejas, mohosas pero fuertes, de tradiciones y prejuicios religiosos. Estimado lector, ¿quién es dueño de su alma, y de su destino? ¿Usted? ¿O sus padres? ¿O el Papa en Roma? ¿O el párroco de su iglesia? Si el dueño lo es usted mismo, no tenga temor. Abra los ojos para que adquiera conocimiento de las distintas opciones. Le incumbe investigar cada una con mucha paciencia e incansable dedicación, pues su alma está en la balanza espiritual. La herramienta indispensable para una investigación rigurosa que resulte en su salvación eterna es la Biblia. Tal cual todo ser humano normal, usted cuenta con el poder intelectual para entender correctamente la Biblia. Leer y estudiarla sin una teología preconcebida es la clave.  

¿Acaso piense usted que solo los eclesiásticos católicos tengan la capacidad espiritual e intelectual para transmitirle información religiosa fidedigna? ¿Por qué abriga usted semejante idea? ¿Se la machacaron desde la niñez? “El Santo Padre, cabeza de la iglesia, es infalible en sus ponencias ex cátedra. La madre Iglesia Católica Romana es fuente de la Verdad. Dio al mundo la Biblia. De ella son los sacramentos. De ella, los hombres ilustres del pasado, y los poderosos del presente. Es la más antigua, la apostólica, la única. En cada diócesis, los únicos maestros religiosos autorizados por la madre Iglesia son los sacerdotes. Todos los demás enseñadores de religión son falsos.” Declaraciones impresionantes, imperiosas, altaneras, de exclusivismo singular. Pero, ¡todas hechas por seres humanos falibles! ¿Se da cuenta? Su veracidad hay que probarla con pruebas indubitables. Lógicamente, existen varias posibilidades.  (1) Pudieran resultar ciertas todas esas declaraciones. (2) Pudieran hallarse falsas todas ellas. (3) Entre ellas, pudiera haber algunas correctas y otras erróneas. Entonces, confrontando tales declaraciones, naturalmente surge la pregunta: ¿Qué es la verdad acerca de ellas? Pues bien, usted no sabrá la verdad hasta el momento de su muerte si, en vida, no las somete a pruebas estrictamente objetivas que revelen su verdadera naturaleza. Al morir sin verificar su autenticidad, de repente ¡sabrá la verdad! Demasiado tarde para alterar las consecuencias, ya que el alma, una vez salida del cuerpo físico, su estado espiritual nadie lo puede cambiar (Lucas 16:19-31), pese a especulaciones contrarias de quienes desconocen la "sana doctrina" de la Biblia.

Así que, distintas posibilidades para el alma. Varias opciones. Diferentes caminos. Pero, no se desespere usted ante el panorama religioso un tanto complicado. Desde la antigüedad, el mundo religioso ha sido así -complejo, confuso, para el neófito, aun para el estudioso. ¿A caso sus familiares o maestros religiosos metieran a usted en un lugar que llamamos la “Antigua Cueva Religiosa”? "Cueva", esta, adornada con pinturas y objetos relacionados con lo espiritual y familiar, alumbrada por las velas de antiguas tradiciones y antorchas del fanatismo. Allí, quizás todo parezca tan normal, conocido, sencillo, como lo era, supuestamente, para el hombre cavernario de la Edad de Piedra: vida simple, existir casi sin pensar o razonar, no cuestionar, fe supersticiosa, culto ritual, seguir ciegamente al sacerdote espiritista, al brujo, al “doctor” del ocultismo. ¡Muy cómodo! ¡Muy confortante! Pero, irreal y engañoso, pues otra realidad es la que se encuentra fuera de la Antigua Cueva. Entonces, ¡es hora de salir de aquella Cueva y confrontar realidades! Realidades intelectuales y espirituales. Buscarlas con afán, conocerlas, responder con madurez a ellas. La aventura de ir en busca de estas grandes Realidades, de procurar encontrar el “Tesoro inigualable de la pura verdad divina que conduce a la vida eterna en el nuevo mundo venidero”, es sumamente excitante. ¿Por qué privarse de tan emocionante experiencia, escondiéndose siempre en aquella Antigua Cueva Religiosa? Mejor armarse de valor, tomando las riendas de su vida en sus propias manos, que renegarse ante las grandes decisiones que determinan el destino eterno de toda alma.

La gran aventura de ir en busca del "Tesoro inigualable de la pura verdad divina"

Este servidor ha perseguido por largos años referido “Tesoro”, confiado de haberlo encontrado. ¿Me permite enseñárselo? Si no le convence, no vuelva usted a la Antigua Cueva Religiosa, se lo suplico, sino siga buscando. Pues, bien, el “Tesoro” que quisiera enseñarle no lo encontré en los campos protestantes, evangélicos o pentecostales. Tampoco en los territorios espirituales de los espiritistas, testigos de Jehová, carismáticos, masones, humanistas, trascendentalistas, gurús o ateos. Lo busqué en los tiempos y en las regiones espirituales que antedatan al catolicismo y al protestantismo, y ¡lo encontré! El verdadero y único depósito de verdad divina. Lo encontré en el cristianismo más primitivo, el más antiguo, que ANTEDATA al catolicismo. ¡Qué gran hallazgo! ¿Qué? ¿Creía usted que el catolicismo era lo más antiguo del cristianismo? Pues, de acuerdo con mis hallazgos, ¡no lo es! Juzgue usted. ¿Se atreve a echar un vistazo?

Rasgos inconfundibles del gran “Tesoro”

 

Deje usted, se lo ruego, en la Antigua Cueva Religiosa el bagaje de creencias y ritos tradicionalistas. Venga a observar al cristianismo en su estado original, de pureza prístina, antes de que los religiosos lo tocaranSu esencia es espiritual, y no material o secular. Pulsa y vibra y brilla con luz celestial. Su altar es espiritual (Hebreos 12:10). Un nuevo “real sacerdocio... sacerdocio santo”, compuesto de todo cristiano fiel, ofrece “sacrificios espirituales” (1 Pedro 2:4-9). Sus cánticos son espirituales (Efesios 5:19). Sus obras son espirituales (Hebreos 13:15-16). Su culto es “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). La iglesia misma se describe como “casa espiritual” (1 Pedro 2:4-9). Ella es de tan elevada espiritualidad que su Fundador dijo: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

¿Qué es la crónica más antigua del cristianismo? El Nuevo Testamento es la respuesta correcta. ¿Lo ha leído usted? ¿Con entendimiento? Al leerlo inteligentemente, con la misma atención, o más todavía, con la que leería otros documentos de vital importancia, prontamente comprenderá que Cristo, sus apóstoles y los obispos de las congregaciones más primitivas no funcionaban como grandes prelados, señores del mundo, gobernadores o administradores de un reino más material y político que espiritual. No hacían alianzas con gobiernos seculares, ni permitían que los gobernantes del mundo se interpusieran, alterando su fe y práctica. No intercambiaban embajadores con los gobiernos seculares-políticos, pues no se rebajaban a nivel de reino material-mundano. Tampoco se asignaban títulos, puestos, vestuarios o estipendios cuantiosos como los que tienen los reyes, presidentes, gobernadores y demás oficiales de organismos seculares-políticos.

¿En qué consiste el valor superior del “Tesoro” de aquel cristianismo que antedata al protestantismo, pentecostalismo y catolicismo romano? Pues bien, amado lector, amada lectora, en que fue una religión puramente espiritual que retaba a todo ser humano (1) a subir al nivel espiritual más alto, (2) sojuzgando la carne al espíritu, (3) transformándose en nueva criatura, en alma de Dios, (4) superando los destructivos prejuicios políticos, sociales y raciales, (5) venciendo lo material y lo sensual, (6) para acercarse a lo divino. Consiste en que fue una religión sumamente equitativa, donde todos los seguidores de Cristo son “hermanos”, siendo el más grande el que más y mejor sirve a los demás. Una religión que no toleraba en su seno jerarquías eclesiásticas, con todos sus rangos, títulos, elementos competitivos, intrigas, pomposidades y celos, sino que instaba al hombre a la verdadera humildad, a estimar a los demás como superiores a sí mismo, a no querer enseñorearse de nadie. Una religión estrictamente dedicada a los asuntos propios de la religión verdadera, es decir, a misiones y obras espirituales, y no a la formación o la manipulación de poderes y causas políticas, de negocios mundanos, de empresas capitalistas. Estimado  lector, ¿será necesario descubrir para usted, con lujo de detalle, la infinidad de vínculos políticos y económicos que la Iglesia Católica Romana, que la Santa Sede, que los cardenales, arzobispos, obispos y demás oficiales, han forjado con las naciones y empresas del mundo? ¿Con las potencias políticas y económicas? A consecuencia de este matrimonio adulterino entre lo religioso y lo secular, la “santa madre iglesia” no es “santa” sino manchada de pies a cabeza. Sin duda, el cristianismo que antedata al catolicismo romano es infinitamente superior. Es un gran diamante multifacético, cortado y pulido por el propio Dios, que brilla con celestial esplendor fulgente. En cambio, ¿qué es el catolicismo romano? ¿No será una mera amalgama de metales inferiores forjada en los laboratorios de alquimistas religiosos medievales?  

Le invito a examinar más de cerca el “Tesoro espiritual” que este servidor ha encontrado. Aquel cristianismo primitivo, más antiguo que el catolicismo, fue establecido como organización espiritual sin fines pecuniarios. Según los documentos originales, todas sus obras evangelísticas y benévolas se hicieron mediante generosas ofrendas voluntarias, dadas cada domingo, según prosperara cada miembro. No se cobraban misas u otros sacramentos, ni se vendían objetos religiosos tales como crucifijos, rosarios, velas, santos, reliquias, etcétera. En una ocasión, el Fundador mismo de aquel cristianismo primitivo y puro, con fiera indignación echó fuera del templo judío a los mercaderes religiosos. ¿Se acuerda usted del evento relatado en Juan 2:13-22? Prosiguiendo, los ministros competentes y espirituales de aquel cristianismo puro no exigían diezmos, como si fueran sacerdotes levíticos que sirvieran conforme el Antiguo Testamento, pues eran ministros de un Nuevo Pacto y no de aquel que fue clavado en la cruz. Tampoco invertían los recursos de la iglesia en negocios, ni solicitaban fondos a los gobiernos. En fin, no hacían ningún tipo de mercadería religiosa. Los documentos originales que atestiguan estos hechos son los siguientes: 1 Corintios 16:1,2; 2 Corintios, capítulos 8 y 9; 2 Pedro 2:1-3; 1 Timoteo 6:1-8; Juan 2:13.17; 2 Corintios 3:6-17 y Colosenses 2:14-16, entre otros muchos.

¿En qué consiste la superioridad de una iglesia que sostiene a sus obreros y sufraga sus obras, solo y exclusivamente, mediante ofrendas voluntarias? La respuesta: en que está orientada más hacia el mundo espiritual y menos hacia el mundo material, manifestando así la naturaleza que Cristo mismo le fijó, diciendo: “Mi reino no es de este mundo”Obedeciendo a esta naturaleza espiritual, evita el estigma de “materialista”, y que tilden a sus ministros y pastores de “asalariados” o “vividores”. El dinero no corrompe a tal iglesia. No la desvía de su misión prioritaria. No hace que pervierta su doctrina en el intento de congraciarse con ricos y poderosos. No la silencia ante el pecado y todo abuso. Sus bendiciones, favores, poderes y demás valores no se compran, no se comprometen, con oro y plata, con ricos donativos, con acciones en las bolsas de valores. No es sobornable. Sus administradores no se vuelven ejecutivos más ocupados con bienes materiales que con asuntos espirituales, pues no se interesan en acumular y manipular enormes sumas de dinero o grandes propiedades.

¿Controla la Iglesia Católica Romana vastas riquezas materiales? De hecho, se considera la entidad más rica, en términos de bienes poseídos, sobre la faz de la tierra. No es de extrañarse que tanta riqueza material la corrompa. Considere, por ejemplo, el escándalo del fracasado Banco Ambrosiano (de Italia) y el enlace que tenía con el Banco del Vaticano (U. S. News and World Report , Página 10, 9 de marzo de 1987). Le pregunto, amigo lector: ¿Fundaba bancos la iglesia apostólica y primitiva? ¿Comerciaba para enriquecerse materialmente? No solo Jesucristo sino también los santos apóstoles denunciaban repetidas veces la mercadería religiosa, advirtiendo: “Por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 Pedro 3:1-3). El Espíritu Santo señalaba a "...hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia", exhortando:"apártate de los tales" (1 Timoteo 6:3-10). Sin duda, el cristianismo original, el más antiguo, el auténtico presentado en los documentos espirituales más viejos y fidedignos, es muy superior al catolicismo romano.

El “Tesoro espiritual” que encontré y que le estoy enseñando es muy superior al “tesoro” del catolicismo romano. La Iglesia Católica Romana cuenta con muchos tesoros materiales tales como elegantes catedrales, antiguas esculturas, pinturas de artesanos famosos, altares recubiertos de oro y plata, más cuantiosas inversiones en bolsas de valores en distintos países. Pero, el "Tesoro” que este servidor presenta es espiritual y no material. Se trata del muy antiguo tesoro de la pura verdad divina que antedata al protestantismo, pentecostalismo y catolicismo. Le animo a seguir examinándola. Tómelo en sus manos; lea, escudriñe. Verá que los cristianos que vivían antes de la introducción del catolicismo romano al mundo, tenían, todos y cada uno, el privilegio y la dicha de acercarse directa y personalmente a Dios. Lo hacían mediante oraciones sinceras y sencillas, hechas en el nombre de Cristo, el único mediador nombrado y autorizado específicamente por Dios. Se presentaban ante Dios sin temores supersticiosos, con mucha confianza, y con la seguridad de que fueran escuchados. No imploraban a María, suplicándole que intercediera por ellos. No imploraban a los santos que habían pasado de esta vida a la otra. Tampoco acudían a sacerdotes constituidos por hombres, pues los apóstoles inspirados les habían enseñado que todo cristiano fiel es sacerdote, reconocido como tal por Dios, con todos los privilegios y honores que atañen bíblicamente a dicha condición extraordinaria espiritual. Las Escrituras antiguas que documentan esta verdad son las siguientes: 1 Pedro 2: 4-10; Hebreos 5:1-4; 10:1-25; 13:10-16; Apocalipsis 1:6; 1 Timoteo 2:5.

Estimado lector, haga suyo este “Tesoro espiritual verdadero” y será usted el recipiente de grandes bendiciones, tales como:

(a)    El derecho de recibir el perdón de sus pecados, sin tener que confesárselos a intermediarios humanos, por ejemplo, al párroco. De ser perdonado y reconciliado para con Dios, sin la intercesión obligatoria de oficiales eclesiásticos, quienes también son pecadores. De ser purificado de sus inmundicias, sin tener que cumplir penitencias arbitrarias impuestas por religiosos, pagar misas o hacer donativos a la iglesia.

(b)   Será suya la bendición de presentar al amoroso, comprensivo y compasivo Padre Celestial, en el nombre de su Hijo crucificado, los asuntos más sensitivos e íntimos de su vida, sin tener que divulgárselos a otros mortales. Según los más antiguos documentos espirituales del cristianismo que antedata al catolicismo romano, Cristo no es “un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Entonces, ¿con qué razón o lógica apelar a María o a los personajes religiosos que los católicos romanos llaman “santos”? ¿Con qué justificación humillarse ante un eclesiástico cuyos pecados acaso sean más grandes que los de usted? El Cristo que “fue tentado en todo según nuestra semejanza”no pecó. Los sacerdotes católicos también son tentados, pero, a diferencia de Cristo, suelen ceder, con raras excepciones, a variadas tentaciones, pecando -sexo ilícito, bebidas embriagantes, apuestas, etcétera. Con todo, pretenden interponerse entre nosotros y Dios como intermediarios espirituales a través de quienes sea necesario, según dogmatizan, alcanzar perdón de pecados. A la verdad, no cualifican para tan elevado y exigente ministerio. El único que cualifica es Cristo. Pues, ¡qué se quiten de en medio! Amigo, amiga, ¡quítelos usted de en medio! Haga suyo el verdadero “Tesoro espiritual” y podrá comunicarse, en cualquier momento, en cualquier lugar, con Dios, sabiendo que él está presto a escuchar a todos los que le obedecen, que no hace acepción de personas, que los títulos y puestos eclesiásticos no le impresionan, sino corazones contritos y humillados. ¿No le parece muy superior este “Tesoro verdadero” al tesoro del catolicismo?   

El cristianismo primitivo, original y puro que antedata el catolicismo es un “Tesoro espiritual muy superior en valor” al tesoro espiritual católico romano porque autoriza para el ministerio espiritual solo a hombres espirituales, santificados y debidamente cualificados. Sus obispos, nombrados en cada congregación, es “necesario” (vocablo que dictó el Espíritu de Dios) que sean casados, serios, juiciosos, responsables, aptos para enseñar, no borrachos ni amigos de peleas, sino bondadosos, pacíficos y desinteresados en cuanto al dinero y los demás bienes materiales. El obispo elegido según las directrices de los documentos más antiguos del cristianismo debe “saber gobernar bien su casa y hacer que sus hijos sean obedientes y respetuosos; porque si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios”? Los ministros de Dios han de ser “competentes”, sirviendo conforme al Nuevo Testamento, y no al Antiguo Testamento, ya que este ha sido clavado en la cruz. Además, imparciales en el trato, y puros en sus relaciones para con las doncellas y las damas. Entre los documentos antiguos inspirados que legislan estas sanas doctrinas se encuentran los siguientes: 1 Timoteo 3; Tito 1; 1 Timoteo 5:21; 5:2; 2 Corintios 3:6-17. En términos de liderato, la iglesia que sigue estas doctrinas cuenta con guías espirituales de fina formación moral, carácter íntegro y conducta intachable, quienes traen mucha honra y gloria, tanto al Rey Cristo, como a su Iglesia, la iglesia de Cristo. Cuenta con hábiles administradores de la gracia de Dios que se granjean, mediante una vida ejemplar y eficiencia en el trabajo, la confianza de los feligreses y el respeto de la comunidad. Cuenta con pastores amorosos que cuidan de la grey, apacentando las ovejas con el rico alimento espiritual que Dios provee, y no con la paja seca de ritos y ceremonias humanas.

Amigo, que se pare cualquier sacerdote católico al lado del obispo o del ministro ideal que presentan las Sagradas Escrituras. Las diferencias entre los dos asombran. Obligado al celibato por exigencias eclesiásticas que quebrantan la ley de Dios (1 Timoteo 3:1-13; 4:1-5), el sacerdote católico medio, incapaz de castrar sus deseos naturales, demuestra ser muy propenso a caer en adulterios, fornicaciones, homosexualismo, pederastia. Según El Reportero Católico Nacional, citado en U. S. News and World Report, 9 de marzo de 1987, hasta un cincuenta por ciento de los sacerdotes católicos son homosexuales. En el tiempo presente (segunda década del Siglo XXI), se está divulgando por todos los medios noticiosos el enorme escándalo vergonzoso causado por gran número de sacerdotes que abusan sexualmente a niños y adolescentes. (Ver, por ejemplo, el extenso reportaje compilado por Yahoo en su sección de noticias en el Internet.) ¿No es cierto que muchos sacerdotes fuman, fiestean y se embriagan al igual que los hombres sin Dios en el corazón? ¿Seguirlos? ¿Por qué? Obviamente, no tienen el precioso “Tesoro de la verdad divina”. El tesoro que nos ofrecen brilla con el lustre de oro, pero su oro es de embuste. No nos engaña. Se presentan delante de nosotros con pompa ostentosa, pero sus caras vestimentas ocultan inmundicias indecibles. Preferimos a los ministros competentes y puros constituidos conforme al Nuevo Testamento, la ley espiritual que antedata al catolicismo romano.

A un plano de iluminación espiritual tal que ya no hace falta apoyar la fe en lo que se ve o se toca.

 

Aquel cristianismo puro del siglo I, aquel que fue dado a conocer antes de que apareciera el catolicismo romano en el escenario del mundo, superaba toda religión que conducía al adorador a la veneración de objetos materiales y personajes investidos de poderes místicos supuestamente sobrenaturales. Llevaba al que lo aceptaba lejos del animismo, del fetichismo, del espiritismo, de la santería, del paganismo, de la idolatría y de las supersticiones de toda clase, a un plano de iluminación espiritual tal que ya no le hacía falta apoyar su fe en lo que pudieran ver sus ojos o palpar sus manos. Su poder extraordinario para transformar, su diáfana belleza celestial y su fuerte atracción moral se debían a que llamaba y persuadía al hombre a conocer espiritualmente al Dios que es, en su esencia inefable, Espíritu, adorándolo “en espíritu y en verdad”. Los documentos más antiguos sostienen estas afirmaciones, por ejemplo: Juan 4:24; Romanos 1:16-32; 1 Juan 5:21; 1 Corintios 8; Apocalipsis 21:8; Hechos 19; 17:16-33.

 

¿Qué cosas ofrece el catolicismo romano? Imágenes talladas por artesanos humanos, crucifijos, rosarios, velas, agua bendita, la hostia, incienso, reliquias, cenizas, palmitas benditas, música de instrumentos, apariciones, señales, vestimentas espléndidas para la jerarquía, catedrales adornadas de riquezas materiales. O sea, ofrece, tal cual las religiones babilónicas, griegas, egipcias y romanas del pasado, el mismo tipo de religión que fomenta y fortalece las inclinaciones supersticiosas y materialistas del ser humano, vistiéndola de “cristiano”.

 

El cristianismo que antecede el catolicismo obraba verdaderos cambios en el ser humano. Dejaba de fornicar el fornicario; el borracho, de tomar; el ladrón, de hurtar; el mentiroso, de mentir. El espiritista quemaba sus libros; el idólatra se deshacía de sus imágenes. Tan completa era la transformación efectuada que se decía de los que la experimentaron que habían muerto al pecado, que habían sepultado al viejo hombre viciado en las aguas bautismales y que habían nacido de nuevo “del agua y del espíritu”, siendo trasladados del reino de las tinieblas al Reino de Cristo. El poder glorioso que obraba semejante nuevo nacimiento, formando la"nueva criatura", el "nuevo hombre", era el evangelio puro tal y como proclamado al principio de la Era Cristiana. Se trata de la revelación divina, entera y perfecta, que aún no había sido diluida con tradiciones o tergiversado mediante las doctrinas de eclesiásticos. Le instamos a consultar los documentos más antiguos del cristianismo para que compruebe el increíble poder transformador del evangelio original, por ejemplo: Romanos 1:16; 12:1-2; Juan 3:1-5; Romanos 6:1-7; Colosenses 3:5-15 y Santiago 1:18.

 

Este notable “Tesoro espiritual, vivo y no muerto”, hace bien a todo aquel que lo abraza, pues fluyen de él electrizantes corrientes espirituales cargadas de suficiente poder para convertir al pecador más empedernido en “nueva criatura”, santificándolo para una vida de santidad. Mediante sus enseñanzas claras y prácticas, provee una defensa fuerte contra las tentaciones más ardientes y las pruebas más severas, instando, motivando y advirtiendo a que no se vuelva atrás. El que tiene este “Tesoro verdadero” no puede andar en el pecado. El que lo conserva, aprovechándolo al máximo, se hace ciudadano ejemplar, padre o madre por excelencia, hijo o hija que trae gozo, cristiano auténtico. Todo esto, y mucho más, logra el cristianismo que antedata el catolicismo romano. Al respecto, le recomendamos la lectura de más documentos espirituales, por ejemplo: Hechos 2; 8:4-40; 16:25-40; 19:18-20; 1 Corintios 6:15-20; Santiago 1:18; Efesios 4:17-31; 1 Pedro 4:1-5; Romanos 6:3-8; Colosenses 1:13; 2 Corintios 5:17. 

Ya no dirá: “Yo soy católico”, sino “¡Yo soy cristiano!”

Amigo, amiga, enseñarle pausada y completamente todos los valores superiores de este “Tesoro redescubierto” me tomaría mucho más tiempo. ¿No es suficiente lo presentado ya para persuadirle a cambiar de católico a cristiano? No desea este servidor persuadirle a ser “protestante”, “evangélico”, “pentecostal”, “testigo de Jehová”, “mormón” o “masón”, sino ¡“CRISTIANO”! Sencillamente, “cristiano”. Usted lo puede lograr pronto, si así lo desea. Ya cree usted en Dios y su Hijo, suponemos. Pues, necesita bautizarse conforme al ejemplo de Cristo y las instrucciones apostólicas: sumergirse (zambullirse) en las aguas del bautismo. El bautismo por aspersión no es bautismo. Durante los primeros siglos de la Era Cristiana no se practicaba la aspersión. Si duda de ello, pregunte a cualquier sacerdote instruido, pues los teólogos e historiadores católicos saben que el bautismo practicado por los apóstoles era por inmersión. ¿Se atreve usted a presentarse ante Dios sin el bautismo que él mismo ordenó? Al bautizarse bíblicamente, Cristo le añadirá a su propia iglesia, y no a la católica, la protestante, la evangélica o cualquier otra de origen humano. Añadido y unido a las demás almas de la misma fe pura, aprenderá a adorar correctamente, como también a vivir y disfrutar a plenitud la vida en Cristo. Ya no dirá: “Yo soy católico”, sino “Yo soy cristiano”. Entonces, acabada su carrera gloriosa, tendrá amplia entrada a las regiones celestes de Dios, sin tener que pasar por lugares míticos tales como el purgatorio.

Estamos en las mejores disposiciones de brindarle nuestro apoyo espiritual. Queremos compartir con usted este gran “Tesoro auténtico del cristianismo original”.

Escribe Homero Shappley de Álamo.

 

Muchos documentos, reportajes e intercambios en esta Web relacionados con el catolicismo romano

Virgen del Rosario del Pozo, de Puerto Rico. Mensaje 1.

Virgen del Rosario del Pozo, de Puerto Rico. Mensaje 2.

Salid de ella, pueblo mío, exhorta Dios. Salid de Babilonia la Grande.

Enlaces entre la Virgen de Rosario del Pozo, diosas madres de distintas religiones y la gran ramera-gran ciudad de Apocalipsis 17

  

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