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Comentario sobre Apocalipsis: análisis de las profecías y visiones. Por Homero S. de Álamo

Comentario completo sobre Colosenses

Historia de la Era Cristiana. Muchos documentos en esta Web.

Comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey. Boceto del Contenido completo.

Hechos de apóstoles

Por Lucas, el médico amado

Los apóstoles Pedro y Juan fueron arrestados y llevados ante el Sanhedrín, corte judío, después de sanar al cojo de nacimiento, gráfica que ilustra el comentario de McGarvey sobre Hechos 4, en editoriallapaz.org.

Los apóstoles Pedro y Juan fueron arrestados y llevados ante el Sanhedrín, corte judío, después de sanar al cojo de nacimiento.

Comentario por J. W. McGarvey, M. A.

Predicador y escritor de la Iglesia de Cristo

Adaptación del Prof. E. J. Westrup

Sección III (continuación)

Progreso de la iglesia y su primera persecución

Hechos 4:1-31

PDF de este estudio

1. Pedro y Juan apresados. Hechos 4:1-4

     Versículos 1 - 3. Hasta aquí habrá proseguido la obra de los apóstoles sin interrupción, y probablemente llegaban a imaginarse que los antiguos enemigos de su Señor estaban tan completamente paralizados por los triunfos de la verdad que habrían perdido ya su celo y valor anteriores. Pero en este momento de esperanza y gozo, la calma se interrumpe por la tormenta. (1) “Y hablando ellos al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes y el magistrado del templo y los saduceos, (2) resentidos de que enseñasen al pueblo y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos. (3) Y les echaron mano y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde.” Este perturbo repentino de un auditorio interesado, por piquete de hombres armados que se precipitaron en medio de ellos, apresando a Pedro y a Juan, fue una movida de susto osada de parte de los descreídos.

     De primero, hubiéramos esperado que los fariseos, antiguos perseguidores de Jesús, fueran los que encabezaban la persecución contra Sus apóstoles; pero aquí vemos a los saduceos, que fueron comparativamente indiferentes a lo que él sostenía, tomar la iniciativa; y esto se explica por el hecho de que los apóstoles enseñaran la resurrección de los muertos en Jesús. El Señor había enseñado la misma doctrina, y en cierta ocasión sostuvo un debate especial contra los saduceos (Mateo 22:23-33); pero rara vez atacó doctrina o prácticas del partido. Ahora todo el peso de la predicación iba contra la negación de la resurrección por los saduceos; en cuanto a Caifás, el sumo sacerdote, que era saduceo, la predicación le afectaba más en lo vivo, pues en ella se le acusaba de asesino. Era razón suficiente para excitar al partido a la violencia. Al mismo tiempo, aunque los fariseos de ningún modo podían ver con indiferencia el triunfo de los apóstoles, no obstante que sus enemigos de la otra secta se velan desconcertados por ello, la doctrina de la resurrección era de ellos, y la única objeción que ponían a aquella predicación era que la resurrección se proclamaba en el nombre de Jesús. Estaban a la expectativa por el curso de los acontecimientos sin prepararse para una acción decisiva. Aborrecían a Jesús porque había atacado sus tradiciones y expuesto su hipocresía; no habían llegado a odiar a los apóstoles porque éstos no los atacaban abiertamente. Los sacerdotes que ayudaron al arresto deben haber sido saduceos, o pueden haber sido instigados a ello por el hecho de que el sermón de Pedro, comenzando ese día a la hora de la oración vespertina, desvió la atención del pueblo de los sacrificios y plegarias de costumbre ante el templo. El "magistrado del templo", que encabezó al grupo que hizo los arrestos, era el jefe de la guardia de levitas que siempre estaba de ordenanza a las puertas y otras partes para guardar el orden en el recinto sagrado. (Véase 1 Crónicas 26:1-19; Lucas 22:52)

     Versículo 4. Los que habían estado escuchando a Pedro deben haberse excitado mucho por el arresto, y los discípulos presentes quizá esperaban que sucesos homicidas, como los que dieron fin a la vida de su Maestro, se desarrollaran; sin embargo, las palabras de Pedro no quedaron sin efecto decisivo, pues Lucas dice; (4) “Mas muchos de los que habían oído la palabra creyeron; y fue el número de los varones como cinco mil.” Fieles a la costumbre de las naciones orientales, hasta el presente sólo los hombres cuentan aquí, las mujeres no. El número de creyentes debe haber sido mucho mayor que estas cifras. El aumento desde el día de Pentecostés debe haber sido muy rápido pues sin duda muchos de aquellos bautizados partieron a lejanos hogares, y todavía debió ser más de dos mil sin contar las mujeres.

Anás, príncipe de los sacerdotes, y Caifás y Juan y Alejandro, y demás príncipes y ancianos y escribas, preguntan a Pedro y Juan: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?, gráfica que ilustra el comentario de McGarvey sobre Hechos 4.

Anás, príncipe de los sacerdotes, y Caifás y Juan y Alejandro, y demás príncipes y ancianos y escribas, preguntan a Pedro y Juan: “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?”, refiriéndose a la sanación milagrosa del cojo de nacimiento que tenía más de cuarenta años de edad.

 

4. Defensa de Pedro ante el Concilio. Hechos 4:5-12.

     Versículos 5 y 6. Hecha la aprehensión ya tarde (al pardear, Versículo 3), los procedimientos subsiguientes se dejaron para otro día, y Pedro y Juan pasaron la noche tranquila bajo guardia, reflexionando y alentándose mutuamente hasta venir el juicio. (5) “Y aconteció al día siguiente que se juntaron en Jerusalén los príncipes de ellos y los ancianos y los escribas; (6) y Anás, príncipe de los sacerdotes, y Caifás y Juan y Alejandro y todos los que eran del linaje sacerdotal.” Los que aquí se llaman "príncipes y ancianos y escribas" constituían el cuerpo superior del alto tribunal de los judíos llamado el Sinedrio. Anás, a quien Lucas aquí y en el primer relato llama sumo sacerdote, lo era legítimamente, pero depuesto por Valerio Grato, predecesor de Pilato, su yerno Caifás fue puesto en su lugar por el mismo proceso ilegal, por lo que éste ejercía el oficio, teniendo aquél el titulo legal y reconocido por el pueblo como sumo sacerdote. Juan y Alejandro, que aquí se mencionan, tenían bien reconocida autori­dad, como se indica en esta referencia que de ellos se hace, aunque nada más se sabe de ellos. La asamblea se convocó con el propósito de determinar lo que se había de hacer de Pedro y Juan.

     Versículo 7. Reunido ya el tribunal, fueron traídos los prisioneros, y también el baldado ya sano, que no quiso que sus benefactores sufrieran sin su presencia y ayuda posible, entró osadamente tomando puesto junto a ellos. (7) “Y haciéndolos presentar en medio les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?” No era ésta la primera vez que Pedro y Juan se habían visto en presencia de tan augusta asamblea. Al mirar los rostros de sus jueces, reconociendo a muchos de ellos, pudieron recordar la mañana en que su Maestro se presentó allí maniatado, hallándose ellos en el patio afuera mirando y llenos de ansiedad. La carda y amargas lágrimas de Pedro en aquella ocasión eran para esta vez advertencia y fortalecimiento para ambos ahora que su situación les recordaba las palabras solemnes de Jesús, las que hasta esos momentos adquirirían un nuevo valor: "Guardaos de los hombres: y aun a príncipes y a reyes seréis llevados por causa de Mi, por testi­monio a ellos y a los gentiles. Mas cuando os entregaren, no os apuréis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado qué habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros" (Mateo 10:16-20). Alentados por tales promesas, se hallaban ahora ante sus acusadores y jueces, armados de un arrojo para éstos del todo inexplicable.

     Se había arrestado a los apóstoles, trayéndolos ante el tribunal, sin acusación formal contra ellos, y ahora su juicio dependía de lo que los jueces pudieran arrancarles como base de acusación. Lo que se les propuso es notable por su vaguedad: "¿Con qué potestad, o en qué nombre habéis hecho vosotros esto?" ¿Hecho qué? Se podía haber contestado. ¿La predicación? ¿EI milagro? O, ¿qué? La pregunta nada especificaba, y la razón obvia es que no había nada particular hecho por Pedro y Juan en lo que se atrevieran a fijar la atención, o que pudiera formar base para acusarlos de malhecho alguno. El sacerdote en jefe con astucia formuló una pregunta indefinida, esperando que los acusados en su confusión dieran con palabras indiscretas, base a la acusación.

     Versículos 8-10. Astuta como fue en su forma la pregunta del concilio, ninguna podía servir a Pedro para mejor objeto. Lo dejaba en libertad de escoger como tema de su contestación cualquier cosa que él hubiera hecho, y de todo lo hecho escogió lo que era menos grato para sus jueces. Además, arregló su contestación con referencia más directa a los otros términos de la pregunta que lo que ellos deseaban o anticipaban. (8) “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Príncipes del pueblo y ancianos de Israel: (9) pues que somos hoy demandados acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera haya sido sanado, (10) sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por Él este hombre está en vuestra presencia sano.” Tal declaración no había menester prueba, pues los jueces no podían negar, con el hombre allí de pie ante ellos, que el milagro se había obrado; tampoco podían en modo alguno laudatorio atribuir el hecho a ningún otro poder o nombre que el que se afirmaba haberlo hecho. Negar que era poder divino habría sido absurdo según lo estimaba el pueblo, y rechazar la explicación dada por aquéllos por cuyo medio se ejerció el poder, no lo hubiera sido menos. La contestación, pues, se vindicó a sí misma y confundió a los que formularon la pregunta.

     Versículos 11 y 12. Consciente de la ventaja que ya había logrado, Pedro la apremió aún añadiendo: (11) “Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza de ángulo. (12) Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos.” Utilizando aquí las palabras de David (Salmo 118:22, 23), pone a jueces y acusadores en la actitud ridícula de los constructores que ponen el cimiento de una casa, pero desechan la piedra angular que para ello había sido cortada, sin la cual no se podía cerrar el proceso de la cimentación ni edificarse parte alguna de pared. Luego, haciendo a un lado la figura, llanamente declara que no hay salvación para nadie sino en el mismo nombre de Jesús a quien ellos crucificaron. Esta declaración es universal; muestra que todo ser humano que se salve, en el nombre de Cristo se habrá de salvar. Si alguien que no Lo conoce o no crea en Él se salva, aun por Su nombre de algún modo será su salvación.

5. Consulta privada. Hechos 4:13-17.

     Versículos 13 y 14 . En lugar de contestar con evasivas o en timidez, como se esperaba de hombres de su posición social traídos ante aquella presencia, los apóstoles sin vacilación admitieron los sentimientos que habían estado promulgando y por los que se les había apresado; y esto tuvo el efecto de hacer callar a sus acusadores. (13) “Entonces, viendo la constancia de Pedro y Juan, sabido que eran hombres sin letras e ignorantes, se maravillaban; y les conocían que habían estado con Jesús. (14) Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba con ellos, no podían decir nada en contra.” Según parece, hasta ese momento los jueces reconocieron a los dos apóstoles como antiguos seguidores de Jesús, aunque quizá todos los habían visto repetidas veces con Él antes de Su muerte, y Juan era conocido personal de Caifás (Juan 13:15, 18). Al terminar Pedro sus observaciones, parece haberse sucedido un rato de silencio total; porque "no podían decir nada en contra". Nadie de ellos se alistó para contradecir cosa de lo que se había dicho, ni para zaherirlos por haberlo dicho. Fue penoso el desconcierto de los jueces.

     Versículos 15 y 16. El silencio se interrumpió con la proposición de que se retiraran los prisioneros. (15) “ Mas les mandaron que se saliesen fuera del concilio; y conferían entre sí, (16) diciendo: ¿Qué hemos de hacer a estos hombres? porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.” Tal admisión evidencia que en sus procedimientos públicos habían sido totalmente hipócritas y desalmados. Es un rompecabezas moral cómo podían ahora mirarse a la cara unos a otros. Quizá no lo hacían; y con toda verdad no podían permitirse mirar a Dios arriba.

     Versículo 17. El motivo que de ellos se adueñaba asoma en la conclusión a que los trajeron sus deliberaciones: (17) “Todavía, porque no se divulgue más por el pueblo, amenacémosles que no hablen de aquí adelante a hombre alguno en este nombre.” El que propuso tal solución pensó que había resuelto el problema difícil, y los demás bien se alegraron de haber dado con escapatoria de su actual perplejidad, con los que taimados pronosticaban el éxito probable de tal medida. Era derrotero seguro, no de mucho arrojo, y no había obstáculo que estorbara sino su conciencia, por lo que no vacilaron en adoptarlo.

     Cómo llegó a saber Lucas los detalles de esa consulta secreta, no se nos informa; pero no es difícil imaginarlo. Gamaliel, preceptor de Saulo, es probable estuviera presente, y no es remoto que Saulo mismo también estuviera allí. Además, "una gran multitud de los sacerdotes obedeció a la fe" poco después, de los que más tarde arrepentidos no habrían de titubear en confesar toda la villanía de su antiguo partido. 

Miembros del Sanhedrín judío advierten a los apóstoles Pedro y Juan a no predicar más a Jesucristo de Nazaret, que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de él.

Miembros del Sanhedrín judío advierten a los apóstoles Pedro y Juan a no predicar más a Jesucristo de Nazaret, que “en ninguna manera hablasen ni enseñasen” en el nombre de él. Estos responden: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios: Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oíd”.

 

6. Prohibición de seguir predicando. Hechos 4:18-22.

    Versículo 18. No bien se adoptó la resolución, que se hizo efectiva. (18) “Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.” Esta fue la primera vez en la historia de la iglesia que la predicación se vedó; fue prohibición absoluta. Si los apóstoles la hubieran acatado, ni una palabra más se hubiera hablado acerca de Jesús, ni en público ni en privado. Tembla­mos de pensar en las consecuencias si hubieran obedecido tal entredicho.

     Versículos 19 y 20. Si los apóstoles hubieran temido tanto por su seguridad personal, se habrían retirado de la asamblea en silencio. (19) “Entonces Pedro y Juan, respondiendo les dijeron: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios: (20) Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” El primer término de esta contestación apela a la conciencia de sus jueces, y el segundo es una confesión llana aunque modesta de su resolución de desentenderse de aquella orden. Guardar silencio se habría interpretado como asentir a ella; pero el candor de los apóstoles fue tal que ni por un momento podían dar su asentimiento.

     Versículos 21 y 22. Debe haber sido trago amargo para los espíritus orgullosos del Sinedrio aguantar tal reto de hombres humildes como éstos; pero el deseo de propiciar al pueblo, mezclado de un secreto temor de perpetrar violencia contra hombres que poseían tal poder, refrenó su ira. (21) “Ellos entonces los despacharon, amenazándolos, no hallando ningún modo de castigarlos, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios de lo que había sido hecho. (22) Porque el hombre en quien había sido hecho este milagro de sanidad era de más de cuarenta años.” Sea lo que fuera lo que el pueblo pensaba de la enseñanza de Pedro, no podía menos de admitir y aplaudir "el beneficio hecho a un hombre enfermo"; y el hecho de que éste fuera mayor que cuarenta años de edad lo hacía bien conocido de todos y objeto de simpatía universal. 

7. Informe de los dos apóstoles y plegaria de los doce.
Hechos 4:23-31.

     Versículos 23 - 30. Se retiran ya de la asamblea los apóstoles en triunfo; pero este triunfo no los había engreído, como tampoco el peligro los intimidara. Parecían haber logrado aquel excelso equilibrio de fe y esperanza en que los hombres pueden sostener completa posesión de sí mismos en las vicisitudes de la vida. El derrotero que inmediatamente se trazaron es digno de consideración profunda. (23) “Y sueltos, vinieron a los suyos, y contaron todo lo que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho. (24) Y ellos, habiéndolos oído, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: Señor, Tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar y todo lo que en ellos hay; (25) que por boca de David, Tu siervo, dijiste; Por qué han bramado las gentes y los pueblos han pensado cosas vanas? (26) Asistieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor y Su Cristo. (27) Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra Tu santo Hijo Jesús, al cual ungiste, Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y los pueblos de Israel, (28) para hacer lo que Tu mano y Tu consejo habían antes determinado que había de ser hecho. (29) Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a Tus siervos que con toda confianza hablen Tu palabra; (30) que extiendas Tu mano a que sanidades y milagros y prodigios sean hechos por el nombre de Tu santo Hijo Jesús.” En esta plegaria, como en todas las que se registran en la Biblia, hallamos cuán apropiada es cada parte y cuán conveniente es toda, lo que la hace digna de estudio e imitación. En ocasión previa los apóstoles habían puesto ante el Señor a dos personas de las que se iba a escoger una para el oficio apostólico, y a Dios se dirigió como "el que conoce los corazones"; pero ahora lo que desean es su poder protector, y su invocación fue: "Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay". Su petición es igualmente adecuada. Cimiento para ella ponen en la palabra de la profecía que el mismo Señor había hablado, y ahora ya se había cumplido en Herodes, Pilato, el pueblo de Israel y los gentiles, su petición es primero: "Mira sus amenazas"; segundo: "Da a tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra".

     En estos días de pasión y guerra en que tan común es que las plegarias vayan llenas de súplicas de triunfo sobre nuestros enemigos, y algunas veces de maldición sobre los que hacen guerra contra nuestros supuestos derechos, es un refrigerio observar el tenor de esta plegaria apostólica. No había peligro de que estos hombres perdieran el simple poder o privilegio político; pero el derecho más caro y más indispensable que tenían en la tierra se les negaba, y se les amenazaba de muerte si no lo cedían; con todo, en su plegaria no manifestaban espíritu de venganza ni resentimiento; sino que oraban "Señor, mira sus amenazas", pero dejan al Señor, sin sugerirle o pedirle, para que hiciera lo que a Su vista pareciera lo bueno. Súplicas como las que luego se externan en el día de hoy hacen de Dios el partidario que toma su lado en todas sus contenciones de ira, como si Él no fuera en nada superior a los mortales. Los apóstoles, con referencia a su propia obra, sólo piden confianza para continuarla sin temor a las amenazas de sus enemigos; y sugieren cómo esperan ellos se les dé esta confianza, pidiendo la presencia de Dios entre ellos hasta ahora, y se les siguiera dando para probarla aún. No tenían manera de pensar en el temor mientras tuvieran la evidencia de la presencia y la aprobación divinas.

     Versículo 31. La petición de confianza fue contestada al momento, pero de un modo que no esperaban. (31) “Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza." El temblor de la casa, acompañado de una renovación consciente del poder milagroso del Espíritu Santo, les dio la confianza que habían pedido y la seguridad de que Dios estaba con ellos.

-Proceder a la próxima sección del Comentario sobre Hechos de Apóstoles.

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