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ARCHIVO de intercambios sobre perturbaciones mentales-emotivas-espirituales

Mucho miedo ante pensamientos malos. ¿Qué hacer? Dilema de una dama ya bautizada.

PDF de este estudio No entiendo qué me pasa.

2,667 palabras

 

 

“No entiendo qué me pasa.”

 

Dice el hermano Desconsolado,

 

creyente en Jesucristo

 

 

Esta fotografía de un varón con su cabeza inclinada hacia abajo, ojos cerrados y sosteniendo su cabaza con la mano derecha sobre la frente, ilustra el tema No sé lo que me pasa, tengo pensamientos malos hacia Dios, en Editorial La Paz.

 

 

“…lo que hago, no lo entiendo…”

Pablo de Tarso, apóstol de Jesucristo

 

PDF de este estudio No entiendo qué me pasa.

 

“Hola. Buena tarde.

Realmente me dirijo con desesperación porque estoy teniendo pensamientos negativos para con Dios que no logro controlar. Soy consciente de su amor y de sus maravillosas bendiciones, pero mi cabeza genera palabras desagradables, aunque es agradecida con él. No entiendo qué me pasa. Esto no me había sucedido antes y tengo miedo, a la verdad.

Estoy atravesando por una situación difícil con mi pareja. Tiene problemas de salud y no ha podido seguir con su carrera aún. Rezo sin cesar. Lloro desconsoladamente. Realmente, no sé qué hacer para acercarme más a Dios y sentir mejor su presencia, y que me escuche.

Espero alguna respuesta que me ayude a guiarme. Gracias por su atención. 

Bendiciones siempre.”

 

Respuesta de Homero

Estimado hermano Desconsolado, sea “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” con usted, fortaleciendo su mente y guardando sus pensamientos (Filipenses 4:8).

Dice usted que su “cabeza genera palabras desagradables” y que tiene “pensamientos negativos para con Dios”, pese a sus sentimientos buenos para él. Pues, sépase, amado, que esto no es síntoma de estar volviéndose usted loco, ni señal de que sea víctima de posesión demoniaca.

Diríase que toda “cabeza” humana, de joven o de adulto capaz de discernir entre el Bien y el Mal, “genera”, en una que otra medida, y con una que otra frecuencia, palabras desagradables y pensamientos negativos, contra lo bueno en todas sus manifestaciones, incluso contra Dios.

Esto sucede, entiendo, porque “el conocimiento del bien y del mal” impartido al principio, en el Edén, a la primera pareja humana, Adán y Eva, cuando decidieron, en contra de la voluntad y el consejo del Creador, adquirirlo, se transmite a toda su simiente, es decir, a toda la raza humana. No, qué conste, la culpa por aquel acto primordial de desobediencia, sino el fruto de él, específicamente, “el conocimiento del bien y del mal”.

Este “conocimiento”, que comienza a manifestarse fuertemente en la etapa de la pubertad, no podemos evitar tenerlo. Aun desde su nacimiento, la criatura humana suele evidenciarlo en formas rudimentarias.

De manera que tengo “el conocimiento… del mal, aunque no quisiera tenerlo. Particularmente, querido amigo algo “desesperado”, en el caso suyo y el mío, no nos agrada en nada tenerlo, porque nuestro anhelo ferviente es solo pensar siempre en lo bueno y hacer el bien, sin que nos inquiete o atribule en ningún momento lo contrario del Bien, o sea, el Mal.

Sin embargo, en este asunto, no impera su voluntad, como tampoco la mía, sino el hecho duro e innegable de que tanto el conocimiento del Mal como el del Bien está en nosotros por herencia humana. Este conocimiento nos obliga, individual y personalmente, a elegir, muy a menudo, entre los dos conocimientos contrarios. Entonces, eligiendo cada uno conforme a su deseo y voluntad, se determina la orientación y calidad de su alma, y, por ende, a la larga, su destino eterno.

Ahora bien, este “conocimiento” tanto del Mal como del Bien significa, efectivamente, que para toda cosa buena existe su contraparte, o sea, una cosa mala. Norma igualmente aplicable a seres vivos. Entonces, al pensar usted, por ejemplo, en el amor de Dios, sus maravillas y bendiciones, del depósito dentro de usted del “conocimiento… del mal”, suben a la superficie de su conciencia e intelecto, “pensamientos negativos… palabras desagradables” en contra de Dios. Para consternación y penar suyos, es decir, de usted mismo.

“Dios, mi pareja tiene problemas de salud que no se solucionan, y hace mucho tiempo ya. Ella está muy angustiada al no poder proseguir su carrera; frustrada, aun amarga y deprimida en extremo. Además, se ha vuelto fría hacia mí, y también duda de ti. Hemos orado muchísimas veces, pero tú no respondes. ¿Amor por nosotros? Ya no te creo. ¡Eres indiferente ante nuestro sufrimiento y dilemas! ¡Cruel! Quizás, ¡ni existes!”

“…pensamientos negativos… palabras desagradables para con Dios…”, que dejan a usted alarmado, traspasado de pavor, rezando y llorando desconsoladamente.

Sin embargo, entiendo que es natural que los tenga, tarde o temprano en su andar por esta etapa terrenal de su existencia. En su caso, pues, “parece que temprano”. “Natural”, digo, porque provienen naturalmente, aun inevitablemente, del “conocimiento… del mal” que usted ha recibido por herencia humana.

Para evitar el estado mental-emotivo-espiritual convulsionado en el que usted se encuentra, o salir de él, la clave es comprender que no es pecado tener semejantes pensamientos. Tampoco hacen a usted pecador la mera aparición en su mente de “palabras desagradables para con Dios”.

Querido amigo, apúntelo en su mente y corazón: el pecado se hace realidad

cuando los pensamientos negativos en contra de Dios se cuajan en agresiva hostilidad contra él, en belicosa incredulidad;

cuando maldiciones contra él, hechas silenciosamente o dichas audiblemente, son aprobadas por la mente y segundadas por el corazón, adrede, con malicia, sin asomo de arrepentimiento.

Hasta que estas acciones no ocurran, tales pensamientos y palabras permanecen en el depósito del “conocimiento… del mal”, sin constituirse en pecados actuales.

Cuidado con el verbo “genera” en la expresión suya “mi cabeza genera palabras desagradables”. Más correcto sería decir:

“Mi mente, donde reside el ‘conocimiento’ tanto del Mal como del Bien, me hace consciente de una acción alterna a la de bendecir a Dios por su amor, sus maravillas y sus bendiciones, a saber: maldecirle por no responder positiva y prontamente a mis plegarias, por no curar a mi pareja, por no sacarme enseguida de esta ‘situación difícil con mi pareja’ y por no liberarme de una vez por todas de todo pensamiento negativo o palabra desagradable.

Algunos cristianos que confrontan esta acción de la mente de “presentar el lado malo opuesto a lo bueno” -reiteramos: ejecución mental no pecaminosa de por sí- rechazan lo malo presentado sin pensarlo dos veces. Otros, titubean en rechazarlo. Todavía otros terminan decidiendo por lo malo.

Mientras algunos, entre los cuales se encuentra usted, amado amigo desconsolado, se ofuscan con el mecanismo y el por qué de la presentación del lado malo, sintiéndose culpables de pecado a causa de la mera presentación del lado malo. Confunden la presentación de lo malo, la que no es, por naturaleza, ni mala ni buena, aunque negativa sí, con la realización de lo presentado, creando para sí el dilema doloroso de sentirse culpables, ¡pese a no haber cometido aún pecado actual alguno!

Para colmo, no faltan quienes se obsesionen con el falso dilema de su propia creación, acción que resulta en trastornos mentales-emotivos-espirituales, potencialmente peligrosos, aun fatales, para el alma-espíritu.

Grande será el alivio para los tales al comprender ellos el error básico que los enredó, y rectificarlo.

 

En esta pintura, la esposa de Job, airada, regaña a su esposo, gritándole: Maldice a Dios, y muérete, ilustración para el tema No entiendo qué me pasa, Lo que hago, no lo entiendo, en EditorialLaPaz.

 

Los casos de Job y su mujer

Cuando Job y su esposa perdieron todas sus enormes riquezas, también sus diez hijos, y el propio Job fue azotado con terribles enfermedades, todo a instigación de Satanás, la mente de la Sra. Job presentó para ella dos opciones, las dos fundamentadas en el “conocimiento del Bien y del Mal” que poseía ella por herencia humana, la común herencia de todos los humanos, a saber: humillarse, resignarse y soportar la tremendísima prueba, no blasfemando contra Dios, ni maldiciéndole, sino procurando mantener su integridad espiritual, o, por el lado contrario del Mal, maldecir a Dios. Escogió la opción de maldecir a Dios. Esto se infiere acertadamente de su consejo para el Sr. Job, su esposo. Le dijo:

“¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete.” (Job 2:8-10).

Diciéndoselo, se sobreentiende que ya ella maldecía a Dios por las calamidades devastadoras que sufría su familia.

Pensamientos no solo negativos sino de los más siniestros y desafiantes contra Dios.

Ella pudiera haber pensado y actuado a la altura de su esposo Job, pero “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado”, le respondió Job, “sentado en ceniza” y rascándose con un tiesto.

Sin duda alguna, Job estaba consciente de la opción alterna para él de maldecir a Dios, mas, sin embargo, “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:20-22). “En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:8-10).

Al pedir Satanás a Dios permiso para azotar a Job, le dice a Dios: “verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 2:5), pero su vaticinio nefasto se quedó vacío. Quien lo cumplió fue la esposa de Job, y no el propio Job.

Así que, usted, Sr. Desconsolado, no es el único creyente en Dios que haya tenido pensamientos malos contra él, en los que figuraran palabras desagradables, aun maldiciones. La Sra. Job los tuvo, expresándolos audiblemente. En esto pecó con sus labios, habiendo pecado ya en su mente y corazón al abrazar la opción alterna mala latente en su mente en el depósito del “conocimiento… del Mal” que todo ser humano posee, en adición al “conocimiento del Bien”.

¿Procederá usted como ella, o como el recto Job?

¿Pretende usted poder tener una mente totalmente libre de todo pensamiento malo y de toda palabra soez, especialmente en el contexto de Dios-iglesia-moralidad-espiritualidad? Sépase, amado, que tal condición de perfección la disfrutan solo “los espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:23), tratándose de los espíritus-almas que han combatido al Mal hasta el fin de sus días terrenales, saliendo airosos de la batalla recia entre el Bien y el Mal en la tierra.

 

Una fotografía del apóstol Pablo como representado por el actor que hizo su rol en la película Paul, ilustración para el tema No entiendo qué me pasa, Lo que hago, no lo entiendo, en EditorialLaPaz.

 

El caso de Pablo de Tarso,

apóstol de Jesucristo

“…lo que hago, no lo entiendo…”

Usted exclama: “NO ENTIENDO lo que me pasa”, haciendo eco de la lamentación del apóstol Pablo en su epístola para los cristianos en Roma. Él dice: “Porque lo que hago, NO LO ENTIENDO…” (Romanos 7:15). Luego, se esfuerza para explicarlo.

A la verdad, quizás todo justo, todo cristiano, dijera lo mismo al encontrarse puesto en estrecho por la fuerte tirantez entre el Bien y el Mal en algunas situaciones duras de sus luchas. Hasta el propio Job se atreve a contender con Dios, reprochándole: “Te has vuelto cruel para mí” (Job 30:21).

El apóstol Pablo, habiendo dicho “…no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”, explica: “De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí(Romanos 7:15-17).

Ahora, yo trataré de entender a él, limitándome mayormente a su relato en Romanos 7:15-25.

El “yo”, en la expresión “ya no soy yo”, es su “hombre interior” que se deleita “en la ley de Dios” (Romanos 7:22). Es su “mente” de cristiano que sirve “a la ley de Dios” (Romanos 7:23 y 25). O sea, es su alma-espíritu sometido a “la ley de Dios”.

“…el pecado”, en la expresión “…el pecado que mora en mí”, frase repetida en el versículo 20, es sinónimo de “el MAL… en mí” (versículo 21), y de “la ley del pecado… en mis miembros” (versículo 23).

“…la ley del pecado” es, razonamos, el “conocimiento… del Mal”, es decir, del pecado, que tiende a dominar “en” la “carne”, dificultando, pero no imposibilitando, el hacer “el bien” en la carne (Romanos 7:18), pues el cristiano es capaz de consagrar los “miembros” (versículo 23) de su cuerpo físico para hacer “lo que es bueno” (1 Corintios 6:12-20; Efesios 5:28-29).

Concluimos, por lo tanto, que pecados actuales no moraban continuamente en el apóstol Pablo. Más bien, “el MAL…en” él, ¡era el MAL que mora en todo ser humano espiritualmente responsable ante Dios! “…el mal” que está en mí y en usted. El “conocimiento… del mal” que está en nosotros; que siempre está con nosotros, porque sabemos lo que es lo malo y lo que es lo bueno.

“…el MAL” que, potencialmente, puede dominar “el bien” en cualquier situación en la que estén presentes los dos, produciendo el pecado. Y, especialmente, en las donde la “carne” haga sentir sus necesidades o deseos: hambre, sed, amores sensuales, sexo, drogas, bebidas embriagantes, los deseos de los ojos; relaciones sociales, comodidades, éxito mundano, riquezas, fama, poder material, etcétera, etcétera.

Esta explicación es cónsona con lo que sabemos de la vida cristiana del apóstol Pablo mediante sus abundantes escritos en el Nuevo Testamento. Dice, por ejemplo…

“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1).

“Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos…” (Filipenses 3:15).

 “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros (Filipenses 3:17).

“Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia…” (2 Timoteo 3:10).

Ningún cristiano lleno de pecados se atrevería a expresarse de esta manera. Obviamente, el apóstol Pablo no vivía en el pecado. Por cierto, después del conflicto difícil y preocupante que describe en el trozo bajo escrutinio, escribe: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2), procediendo a disertar sobre vivir en el espíritu en contra distinción a vivir en la carne. Y así, de la misma manera, todo cristiano sincero y fiel ha sido igualmente “librado de la ley del pecado”, pese a ser propensa la carne a servir referida ley.

“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”, observa Pablo en Romanos 7:18.

El “mí”, en la cláusula “Y yo sé que en mí”, el apóstol lo define inequívocamente al aclarar: “…esto es, en mi carne”. Mientras que el “yo” del versículo 15 es el “hombre interior” con la mente que sirve “la ley de Dios”, el “mí” del versículo 18 es la “carne” en que “no mora el bien”. Y así se pone en alto relieve la dicotomía contraria del ser humano, la que crea dilemas tales como el que atormenta a usted, amigo Desconsolado.

La misma dicotomía Pablo la resalta de nuevo en Gálatas 5:17.

“Porque el deseo de la carne es contra el espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.”

El propio Jesucristo la enfoca dramáticamente en el huerto de Getsemaní al encontrar a sus discípulos dormidos, habiéndoles mandado a velar y orar para no entrar en tentación. Les dice:

“…el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

Experimentándola agudamente en ocasiones, el apóstol Pablo se manifiesta angustiado, confesando no entenderla de lleno.

Y usted, estimado Desconsolado, se halla alterado y desesperado al experimentarla en esta hora de su vida. Y yo, igualmente, en ocasiones. Y me atrevo a plantear que también todo cristiano, y todo justo, como Job, sensible y sincero, en alguna que otra etapa de su servicio a Dios.

Pero, esta dicotomía carne-espíritu que vivimos es la condición que hemos de soportar hasta la muerte del cuerpo físico, asegurando, con gran fuerza de voluntad y todas las armas espirituales a nuestro alcance, la superioridad y dominio del espíritu sobre la carne. Esta es nuestra salvación eterna. La liberación eterna del alma-espíritu de esta dicotomía molestosa, a menudo dolorosa y, a veces, realmente angustiosa, aun hasta sacarnos lágrimas.

Las demás expresiones de Pablo en Romanos 7:15-25 se interpretan y se entienden a la luz de los comentarios sobre los versículos y expresiones que acabamos de analizar.

Concluimos, pues, orando fervientemente que lo expuesto en este breve estudio sirva para orientar, fortalecer y confortar, aunque sea un poco, a todo lector atribulado por la dicotomía difícil de carne-espíritu en conflicto serio hasta el final de la jornada terrenal.

Jesús de Nazaret dijo a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo(Juan 16:33). Y lo venceremos con él, si, de veras, confiamos en él y su mensaje.

De la manera que hay una salida para toda tentación y prueba (1 Corintios 10:13), también la hay para toda “aflicción”. ¡Busquémosla diligentemente! ¡Tomémosla para salvarnos!

 

PDF de este estudio No entiendo qué me pasa.

 


 

Mucho miedo ante pensamientos malos: ¿qué hacer? http://www.editoriallapaz.org/pensamientos-malos-miedo-dominar-paz-de-Dios.html

Mente sana y fuerte; corazón sumiso

http://www.editoriallapaz.org/sermon-vencer-2--mente-sana-fuerte-corazon-sumiso.html

 

Carta para un varón perturbado

por pensamientos malos.

¡Aun cuando lee la Biblia u ora a Dios!

http://www.editoriallapaz.org/mente_perturbada_malos_pensamientos.html

 


 

Mucho miedo ante pensamientos malos. ¿Qué hacer? Dilema de una dama ya bautizada.s

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